«Alina, tus encantos son tan naturales; si te lo propusieras, podrías ser modelo o actriz fácilmente, lo tienes todo».
«Alina, tienes una feminidad innata, quien se convierta en tu novio será muy afortunado».
«Alina, deberías continuar siendo de esta manera siempre, no cambies quien eres».
¿Quién se supone que soy a sus ojos? Qué es lo que creen que saben de mí. Eso es lo que me gustaría contestar cada vez que escucho tales comentarios y sus derivados, algunos más sinceros, otros con una envidia pobremente disfrazada. Por años, estos han ido evolucionando según mi edad. De niña, era el equitativo a una tierna muñeca de porcelana. Luego pasé a ser la adolescente que rebozaba feminidad y rectitud. Todo para acabar madurando en una especie de chica ideal, una que tiene todas esas cualidades y más, lo que la hace ser altamente deseada por todos los chicos. Pero no puedo desaprobar nada de esto al final del día. No tengo ni una pizca de valor para alzar mi voz y decir algo que sea mínimamente polémico acerca de mí y de lo que siento con esto. No puedo contradecir a nadie, ni siquiera a mi familia. La fachada que todos han depositado en mí pesa tanto que me hace temer comportarme de cualquier otra forma.