PRÓXIMAMENTE





«Alina, tus encantos son tan naturales; si te lo propusieras, podrías ser modelo o actriz fácilmente, lo tienes todo».

«Alina, tienes una feminidad innata, quien se convierta en tu novio será muy afortunado».

«Alina, deberías continuar siendo de esta manera siempre, no cambies quien eres».

¿Quién se supone que soy a sus ojos? Qué es lo que creen que saben de mí. Eso es lo que me gustaría contestar cada vez que escucho tales comentarios y sus derivados, algunos más sinceros, otros con una envidia pobremente disfrazada. Por años, estos han ido evolucionando según mi edad. De niña, era el equitativo a una tierna muñeca de porcelana. Luego pasé a ser la adolescente que rebozaba feminidad y rectitud. Todo para acabar madurando en una especie de chica ideal, una que tiene todas esas cualidades y más, lo que la hace ser altamente deseada por todos los chicos. Pero no puedo desaprobar nada de esto al final del día. No tengo ni una pizca de valor para alzar mi voz y decir algo que sea mínimamente polémico acerca de mí y de lo que siento con esto. No puedo contradecir a nadie, ni siquiera a mi familia. La fachada que todos han depositado en mí pesa tanto que me hace temer comportarme de cualquier otra forma.

Decidí maldecir a mi exnovia. No fue una decisión tomada desde la ira ni la tristeza del momento. No. Simplemente fue una idea persistente que luego se convirtió en acción. Y, hasta el día en que la acción se convirtió en un hecho, puedo decir que no creía en las maldiciones ni la brujería ni lo paranormal. No, hasta ese día en el que conocí a la anciana Ana, nada de ese mundo era siquiera imaginable para mí.

Pero bueno, no es así como quisiera abrir la historia del camino que recorrí para maldecir a mi exnovia. Para empezar, me gustaría definir la situación y a las personas implicadas, es decir: a ella, a mí y a la relación que teníamos. Ah, y bueno: a él. Mi exnovia, Valentina, y yo, Karen, llevábamos una excelente relación, según yo, por supuesto, donde habíamos incluso dado el paso a comprometernos, algo que nunca pensé.

Hoy también veo como diriges tus pasos hacia el descuidado jardín que se ha formado dentro de esa vieja edificación clausurada. Te mueves segura, como si fuese natural estar paseando por allí. No tienes en cuenta que desde mi ventana puedo distinguir tu silueta, la que se me escapa solo cuando te escabulles por una de los tantos ventanales desgastados. Ahora es imposible imaginar la arquitectura de ese lugar por completo, pero se cuenta que, hace décadas, fue una hermosa residencia edificada para la primera generación de estudiantes del internado.

Al volver a ti, pienso que existe la posibilidad de que notes mi presencia y que no te importe en absoluto. Después de todo mi cuarto está en una esquina solitaria, libre de compañías. Lo que es seguro es que no sabes que, al igual que tú, he tenido la idea de querer escapar hacia aquel rincón desde hace un tiempo.

«Porque me he acostumbrado a ti es que puedo quejarme»

«Porque aceptas mis quejas es que puedo discutir contigo»

«Porque discuto contigo es que sé que te amo»

«Te amo, idiota»

El monótono ritmo de las manecillas del reloj de pared se sentía más sonoras que nunca en la silenciosa habitación. Dos mujeres permanecían sentadas una junto a la otra. La más intensa entre ellas mantenía una postura cerrada, con sus piernas y brazos cruzados. La otra se mantenía apoyada en el brazo del sofá, desprendiendo un aire sereno. Ambas tenían la vista fija en el florero de la mesa de centro.

Si Gregorio Samsa hubiese lanzado la manzana de vuelta con las fuerzas que le quedaban, ¿cómo hubiese ido la historia?, ¿habría desfallecido con más dignidad? Yo creo que sí, porque ignorar a las personas que nos atormentan solo lleva a que suframos más, tal como él. Este pensamiento aleatorio cruza mi mente mientras intento sostener una conversación con la chica que tengo en frente. Decido externalizarlo para ver si eso rompe el hielo, pero ella no dice nada.

—Supongo que no te interesa. —Suspiro sonoramente. —Pero sabes, no me gusta cuando la gente elige el silencio ante mis comentarios, así que dejémoslo hasta aquí.