«Porque me he acostumbrado a ti es que puedo quejarme»
«Porque aceptas mis quejas es que puedo discutir contigo»
«Porque discuto contigo es que sé que te amo»
«Te amo, idiota»
El monótono ritmo de las manecillas del reloj de pared se sentía más sonoras que nunca en la silenciosa habitación. Dos mujeres permanecían sentadas una junto a la otra. La más intensa entre ellas mantenía una postura cerrada, con sus piernas y brazos cruzados. La otra se mantenía apoyada en el brazo del sofá, desprendiendo un aire sereno. Ambas tenían la vista fija en el florero de la mesa de centro.
—¿Y entonces? —Una rompió el silencio.
—¿Entonces qué? —Sumó la otra.
—Han sido cuatro discusiones en dos semanas, Victoria. Cuatro. Por eso estoy esperando a que me digas con claridad cuál ha sido el detonante esta vez.
—¡¿Qué yo lo diga?! ¡¿Es que no tienes consciencia de los errores que cometes, Nadia?! —Una mirada molesta se clavó sobre la mujer que parecía ser responsable de algo severo.
—Realmente no entiendo por qué estás tan molesta. No recuerdo haber hecho nada que amerite semejantes gritos.
—¡Claro que no lo entiendes! ¡Después de todo, despertarme con tu maldita alarma no significa nada para ti!
La voz de Victoria resonó en la habitación como un golpe seco y sonoro, pero Nadia no se sobresaltó. De cierta forma ya estaba acostumbrada a la irritabilidad extrema que su pareja había estado presentando las últimas semanas.
—Sólo duermes una hora más que yo—. Expresó Nadia, respirando para liberar la leve presión que sentía en su pecho. Luego sacó, sin inmutarse por la situación, un pequeño pañuelo de su bolsillo y empezó a limpiar sus lentes meticulosamente.
—¡Es una hora más! Una hora más arrebatada por ti y tu estúpida alarma. Sabes que podrías llegar a tiempo aun si saliésemos a la misma hora.
—¡Es una hora más! Una hora más arrebatada por ti. No entiendes la sensación de comenzar mi día sintiéndome frustrada por esto. Si no fuese por tu estúpido hábito, esta discusión no estaría pasando, ¿siquiera entiendes eso? —Victoria apretó sus manos, en un gesto que demostraba que su enojo solo iba en aumento.
—Nunca he pretendido hacerlo con la intensión de molestarte, solo me gusta llegar temprano.
—¿Y eso es más importante que respetar mis horas de sueño?
—No se trata de importancia, es mi trabajo.
Ambas tenían argumentos válidos, pero ninguna estaba dispuesta a ceder ante la otra. Así comenzó la más reciente de las discusiones entre ambas, que duró hasta que sus gargantas se secaron y sus explicaciones fueron empobreciéndose por el cansancio. Nadia mostró señales de arrepentimiento, pero Victoria ya estaba demasiado alterada como para verlas, y solo las sumo como un comportamiento más de despreocupación por parte de ella. Así había sido su vida cotidiana desde que Nadia había conseguido trabajar como profesora especializada en una universidad. Las dos tenían la misma profesión y se habían conocido en el mismo colegio cuando eran estudiantes, llegando a ejercer en este por varios años. Ahora solo Victoria permanecía allí.
Cuando se conocieron toda su historia estuvo plagada de romance, pasión y prosperidad. Se gustaban, se querían y se respetaban. La estabilidad era alta y el futuro juntas se veía claro y pacífico. Eso hasta que la obsesión de Nadia por llegar temprano agrietó un poco su relación. Aunque esa no era la única razón por la que habían discutido últimamente.
Ciertos hábitos de cada habían crecido hasta contrastar de una manera que no podían ignorarse. Nadia siempre mantenía el cuarto ordenado, pero su pareja parecía tener la habilidad de desarmar todo cuando buscaba alguna cosa. También gustaba de leer y quedarse en casa en sus días libres la mayoría del tiempo, mientras que Victoria salía a alguna parte siempre que el tiempo se lo permitía. Y esto sucedía con varios detalles más que, tras diez años de relación y convivencia, habían comenzado a ser molestos.
Al final la discusión cesó únicamente porque Victoria se levantó en un movimiento brusco, cerrando sus ojos por un momento, como si tratase de contenerse de seguir peleando por la alarma. La discusión había llegado a un punto muerto. Otra vez. Caminó con ademanes ofendidos hasta la habitación, cerrándola de golpe. Su imponente cabellera azabache fue lo último que vio Nadia.
Esta exhaló entre que peinaba con sus dedos un par de mechones rojos que se revelaban para posarse sobre sus lentes. Podía entender la frustración de Victoria, pero al mismo tiempo no podía, de momento, ofrecerle la solución que buscaba.
Se dirigió a la cocina para preparar el almuerzo, en un intento de retomar la rutina. Tras servirlo esperó con paciencia. Victoria apareció en silencio, se sentó, comió y se levantó, aún tensa. Nadia suspiró de nuevo. Esta vez era evidente que su pareja estaba más sentida de lo normal. Tras limpiar todo, partió hacia el cuarto, tocó la puerta y volvió a esperar.
—¿Qué quieres? —Escuchó con tono áspero.
—¿Puedo pasar?
—Es tu habitación también, tonta, claro que puedes pasar—.
—Lo siento. —Deslizó con suavidad, acercándose hasta quedar frente a ella, que yacía sentada al borde de la cama. Se arrodilló y la miró—. No pensé que te molestaba tanto.
—Sabes que la única cosa que me despierta es esa maldita alarma, no te hagas la desentendida.
—Es verdad, tu sueño siempre ha sido así de extraño, no sé cómo pude olvidarlo. —Se levantó y llevó una mano hasta el rostro de Victoria.
—No creas que puedes arreglar las cosas tan fácilmente, ya estoy cansada de esto.
—Solo quiero devolverte el sueño que te he quitado, así que permíteme dormirte… —Le susurró con un tono íntimo, acercando sus labios a lo de ella.
Victoria trató de resistirse, de dejar que su orgullo ganase. Pero su intento no duró demasiado. Cuando Nadia comenzó a besarla y acariciarla, toda la tensión que había creado se derrumbó y su cuerpo tomó control por sobre su mente. En parte agradeció que fuese así. No podía dejar de amarla por algo como eso, aunque le irritase.
Muy en el fondo, sabía que ella también le daba bastantes motivos a Nadia para molestarse con ella. Por eso, al final del día, no podía juzgarla con tanta severidad. Y es que, pese a que peleaban, a que a veces no llegaban a nada, o que a momentos incluso no volvían a hablarse por horas, siempre regresaban a la otra, de una manera u otra. Al menos ahora volverían a estar bien.
Pero cuando Victoria al fin pensaba que su enojo se había evaporado por completo debido al calor emanado de sus cuerpos hace un rato, Nadia se encargó de devolvérselo. Cuando despertó era la única en la cama. Pero lo que hacía la situación irritante no era el hecho en sí, sino la repetición del mismo desde hace unas semanas. Esta era la tercera vez que se quedaba sola después de que lo hacían. Se levantó, tomó su bata y salió del cuarto. No tardó en encontrar a su conviviente, quien yacía tranquila en la sala. Un libro en mano y una copa de vino en la mesa. Sintió que haber tenido sexo con ella había sido un mero trámite, una actividad más en su agenda de día libre. No pudo evitar explotar.
Así inició una nueva discusión, aunque con mucha menos intensidad que la anterior. Al final Victoria la cayó con un beso, cambiando la profundidad de este a voluntad. Notó que la respiración de Nadia se iba alterando de manera progresiva. Era notorio que no estaba oponiendo ninguna resistencia, dejando el libro a un lado cuando tuvo la oportunidad. Así acabó rodeando a Victoria con sus brazos, masajeando la suave tela que cubría su cuerpo. Pronto esta se posicionó sobre ella. Su cuerpo entero emanaba el calor esperado por semejantes acciones. Nadia reforzó su agarre, apretándola contra ella.
En principio Victoria la tocó con cierta brusquedad, aún un tanto frustrada. Pero cuando los gemidos se colaron con la respiración agitada, logró centrarse, recuperando su estilo suave. Ahora solo tenía ansias de volver a enseñarle a Nadia su definición de intimidad en lo sexual, una que era lenta, delicada y romántica. Nadia también podía llegar a ser así. Teniendo sus razones para dejarla sola. El motivo era simple, solo quería que descansase mejor, porque sabía que, más allá de la alarma, estaba lidiando con mucho estrés desde hace semanas.
Sus días libres coincidían pocas veces, y hoy precisamente ambas estaban tomando su descanso juntas. Acabaron dormidas en el sofá por varias horas. Para cuando se levantaron ninguna quiso cocinar, por lo que pidieron comida rápida. Luego partieron a la cama sin comentar nada que propiciase otra discusión, abrazándose tras un sutil «buenas noches» por parte de ambas.
Y entonces, aquel sonido genérico comenzó a tintinear. Victoria abrió los ojos a medias, se giró en la dirección opuesta al ruido y trató de seguir durmiendo, fallando. Sintió como Nadia la apagaba y se levantaba sin dudarlo. Acto seguido, sintió el pijama caer sobre la ropa de cama. Alcanzó a verla salir de la habitación envuelta en una bata de ducha.
La puerta había quedado entreabierta, así que escuchó toda la rutina que hacía su pareja. El último sonido fue el de la puerta de calle. Se había ido, y ahora a ella le quedaban cerca de treinta minutos para dormir. No siempre era así, a veces solo alcanzaba a escuchar el cese del sonido agudo de la alarma. Ahora tenía menos tiempo, pero logró dormirse. Lo malo fue que, como de costumbre, sintió su sueño como un par de minutos.
La alarma comenzó a sonar y la melodía le resonó con más claridad que la primera vez. Maldecía tener el mismo tono que Nadia, siendo esto algo inevitable, puesto que era el más efectivo para ambas. Se levantó de mal humor y continuó sintiéndose así hasta que llegó a la entrada de la escuela. Allí no podía poner malas caras ni justificar su desánimo. Era una profesora y tenía que comportarse como tal.
El escenario de la alarma siguió repitiéndose como de costumbre por varias semanas. Pero todo dio un giro cuando sucedió un pequeño incidente. Victoria había despertado, pero con un retraso para iniciar su rutina. Al mirar a su derecha encontró a Nadia durmiendo. Entre que se ponía de pie para dirigirse al baño, hizo memoria para entender qué había pasado. Recordaba haber escuchado la alarma y haberla apagado. Si así había sido, solo quedaba preguntarse por qué se había vuelto a dormir. En el momento, por la agitación, no tuvo mucho más tiempo para pensarlo. Solo cuando su jornada había terminado y se hallaba en casa, recordó que hoy Nadia tenía el día libre.
—¿Olvidaste mi día libre? —Le preguntó esta mientras la veía cambiarse desde el marco de la puerta de la habitación.
—Sí. —Dijo en tono seco, sacando sus largos cabellos del suéter que acababa de ponerse.
—Y te quedaste dormida.
—Así es. —Respondió, ahora algo irritada.
—¿Qué pasó con tu alarma? —Añadió, mostrándole una sonrisa.
—Sonó y la apagué. —Hizo una pausa, entendiendo a donde quería llegar Nadia—. Y me dormí de nuevo.
—¿Por qué? —Nadia mostraba cierta diversión en cada interrogante que hacía. Pero esta vez comenzó a avanzar hacia ella.
—Porque me acostumbré a que primero suene tu alarma… —Victoria tomó asiento al borde de la cama, mirándola con intermitencia.
—Continúa… —Solicitó, sentándose junto a ella.
—Como tengo el sueño pesado necesito ir despertando de a poco…y cuando suena tu alarma puedo despertar con suavidad, para que después no sea tan difícil levantarme con la mía… —Dijo con tono vencido. Se sentía molesta, pero a la vez feliz al saber la verdadera razón por la que Nadia ponía la alarma una hora antes.
—Tardaste en darte cuenta.
Expresó satisfecha, tomando con una de sus manos la de Victoria. Luego la besó en la mejilla. Esta vez no acabaron haciéndolo. Solo se abrazaron y Victoria le pidió disculpas por su comportamiento irritable en los últimos conflictos. Nadia a su vez se disculpó por varias cosas, entre las que figuraba el dejarla sola tras tener sexo. Luego ambas se reprocharon con cariño otras conductas apáticas del último tiempo. Tras esto cerraron con un tierno beso y la rutina de su hogar volvió a ponerse en marcha. Por supuesto, en los siguientes días, la alarma que sonaba una hora antes dejó de ser un tema de discusión.
Ambas retomaron un curso tranquilo en sus vidas, aunque sabían que tarde o temprano algo las haría pelear de nuevo. Sin embargo, ahora eran conscientes de que no querían llegar a un problema de comunicación tan severo por algo así de superficial. La posibilidad de volver a discutir con sus peores tonos era alta, pero no tenía por qué ser el preludio a un agotamiento argumental. A veces las reconciliaciones serían regañadientes, mientras que otras cuantas estarían llenas de cariño.
Ahora el pensamiento más fuerte que tenían era en torno a la cantidad de paciencia que podían llegar a tenerse, dentro y fuera de las discusiones. Muy en el fondo, podían reconocer que su irritabilidad las volvía insoportables, y que no cualquiera estaría dispuesto a lidiar con ellas en ese estado. Eso hacía notorio que, pese a todo, se amaban. Y que su amor, aunque claramente no era el mismo de antes, podía seguir transformándose sin perder su esencia. Ambas eran conscientes que un amor eternamente romántico llega a ser aburrido y que una relación sin defectos es una gran mentira. Por eso, ahora podían entender bien lo reconfortante que es el que te soporten, te den cariño y te sonrían cuando tus defectos te hacen parecer la criatura -más cuestionable del mundo.
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