Hoy también veo como diriges tus pasos hacia el descuidado jardín que se ha formado dentro de esa vieja edificación clausurada. Te mueves segura, como si fuese natural estar paseando por allí. No tienes en cuenta que desde mi ventana puedo distinguir tu silueta, la que se me escapa solo cuando te escabulles por una de los tantos ventanales desgastados. Ahora es imposible imaginar la arquitectura de ese lugar por completo, pero se cuenta que, hace décadas, fue una hermosa residencia edificada para la primera generación de estudiantes del internado.
Al volver a ti, pienso que existe la posibilidad de que notes mi presencia y que no te importe en absoluto. Después de todo mi cuarto está en una esquina solitaria, libre de compañías. Lo que es seguro es que no sabes que, al igual que tú, he tenido la idea de querer escapar hacia aquel rincón desde hace un tiempo.
Soy consciente de que me quedan tan
solo dos años en este lugar, por lo que no debería romper las reglas haciendo
algo así, pero ya no creo poder huir de la realidad a base de libros. Es
asfixiante vivir aquí, con estas pesadas enseñanzas sobre cómo ser las
señoritas perfectas para los hombres influyentes de la sociedad.
Todo el intelecto y potencial que desarrollamos
en las áreas teóricas se pierde al graduarnos. Eso es lo que he concluido tras
ver cómo las estudiantes de cursos superiores se apagan más y más hasta que les
llega la hora de irse. Algunas lloran, otras se revelan, pero todas acaban por
rendirse, ya que saben que no pueden hacer nada. Yo no seré la excepción. Los
modales sumisos también acabarán por borrar el resto de mi persona.
Cuando Darlenne Jones, la directora,
hable en torno a mi rendimiento en estos cuatro años, su influencia llevará mi
vida hacia un futuro preciso, a un hombre en concreto. Nadie en mi familia la
cuestionará, por supuesto, ya que su poder y estatus es precisamente lo que
arrastra a muchos padres a inscribir a sus hijas aquí. El sueño de que ««tengan
una vida mejor»» es una condena, aunque se haga con buenas intenciones. Eso me
desespera.
Pero a ti no parece afectarte nada de
esto. Cada vez que te veo escabulléndote despiertas mi curiosidad, la que
insiste en saber por qué lo haces, qué es lo que ganas al arriesgarte así. Y
aunque te tengo cerca de mí cada día, nunca me atrevería a preguntártelo. Pienso
que te escandalizarías al enterarte de que alguien conoce tus actividades
secretas, aunque también he considerado la idea de que creas que soy una
acosadora que vigila todo lo que haces.
Lo cierto es que coincidí contigo
aquel martes sin quererlo. El pesimismo me consumía ese día, distrayéndome de
mis estudios. En uno de tantos suspiros levanté la mirada. Así apareciste. Caminabas
bajo la lluvia con el maletín sobre tu cabeza, dando a veces pasos largos, probablemente
por las pozas de agua. La sorpresa en mis ojos duró unos segundos, tras los
cuales reí. Luego solo me quedó una sonrisa en el rostro. Estabas haciendo algo
absurdo, y, sin embargo, parecías tan tranquila. Fuiste una hermosa casualidad.
Una que diluyó mis tensiones. En las siguientes semanas fui entendiendo que tus
días de escape eran los martes.
Claro está que no tengo cómo saber si
lo haces otro día, aunque podrías, puesto que es un hecho que a nadie le importa
vigilar un sitio así. Pero me alegra encontrarme contigo de vez en cuando, fuera
del espacio académico. Aunque esta situación no es realmente algo a lo que se
le pueda llamar encuentro.
Entiendo que, si no te veo otros días
es porque huyes allí más temprano, más tarde, o porque de lleno no lo haces. También
es válido decir que hay martes donde mis deberes o lecturas me abstraen al
punto que olvido todo lo que está fuera de la ventana, incluyéndote a ti.
Los golpes en mi puerta me hacen
quitar la vista del paisaje. Es hora de volver a fingir. Enderezo mi postura,
me arreglo el lazo del cuello y plancho mi vestido con las manos antes de
caminar para encontrarme con una de mis compañeras más desagradables. Esta vive
encantada con las cadenas que la Darlenne le ha puesto, creyendo con fervor que
yo también me siento así. Más aún, considera que soy alguien atractiva, llena
de virtudes y carente de defectos.
Vale decir que muchas otras
estudiantes viven con la misma creencia sobre mi persona, admirándome de una
forma que me resulta agobiante. Para ellas he de ser una figura de interés en
sus planas rutinas, una dulce alteración para su ánimo. Yo me arrepiento de
haberme mimetizado con tanta fuerza en este repudiable sitio. No quería esta
popularidad en absoluto.
Estoy segura que ninguna debe
considerar la saturación que provoca tener miradas siguiéndote todo el tiempo. Menos
deben saber que las charlas que entablan conmigo me resultan insípidas. Pero no
todo es su culpa. He sido yo quien ha elegido reflejar educación y elegancia en
cada momento. Y es mi feminidad la que ahora me suma en negativo.
Abro la puerta sin apuro, entrando
poco a poco en conexión con el aire pausado que se respira aquí. Cuando la
figura de mi compañera se hace nítida para mí, la saludo, inclinando un poco mi
cabeza a la vez que mis comisuras se estiran con suavidad.
—¿Así que ya es hora del té, Emery? Debo
disculparme, he perdido el sentido del tiempo a causa de mis estudios.
—Oh, Vanessa, no es necesario que te
disculpes por sumirte de lleno en eso. Además, hoy solo me encuentro aquí para indicarte
que la reunión se aplazará para el día de mañana.
—Eso es una sorpresa, ¿es posible
saber la causa?
—Aurora nos ha dejado una carta sobre
su pupitre. En esta indica que no logrará asistir el día de hoy, prometiendo
que mañana se presentará sin falta.
—De seguro pospuso su asistencia por
razones académicas. —Emery asiente, segura ante mi argumento. Es un tanto
gracioso mentir respecto de ti, porque sé que te has ausentado por mero
capricho—. Y a propósito de eso, yo también he de retomar mis deberes
pendientes, así que, si me disculpas.
—Por supuesto, hasta mañana, Vanessa.
—Hasta mañana, Emery.
Apenas cierro la puerta, una risa
ligera deja mis labios, los cuales cubro por inercia con mi mano. Y es que es
inevitable no reír. Tú dejando de lado una absurda reunión de té sin dar
explicaciones es un acto digno de apreciación, puesto que retrata a la
perfección tu verdadera forma de ser. Me lanzo sobre la cama, encantada por
aquello. Cada vez que te veo actuando así, las ansias de atreverme a dar pasos
fuera de la norma establecida crecen. Me fascina esa confianza que tienes, esa
que roza el descaro. Y, pese a eso, también estoy deseosa de poder interactuar contigo
bajo nuestros perfiles de señoritas ejemplares. Así, por primera vez, me
emociona el poder asistir a esas dichosas reuniones del té.
Cuando el sol del alba marca el
comienzo de un nuevo día, mi corazón empieza a darme aviso sobre mi emoción.
Desde ayer no he podido dejar de pensar en ti y en la reunión del té. No es de
extrañar que me sienta así, puesto que en el común de mi rutina tú te
encuentras lejos de mi alcance. Hoy por fin podré establecer un nexo contigo,
aunque no de la manera en la que me gustaría. Si te soy honesta, me rehúso a
conformarme con sostener una relación contigo desde la apariencia que nos
entrega esta irremediable etiqueta. No obstante, aún no tengo el valor para
visitarte en tu lugar de escape y solicitarte que me permitas acompañarte.
Tras transcurrido el día académico, me
queda un lapsus de tiempo suficiente para poder prepararme. Me siento con
cuidado frente al anticuado tocador y cepillo mis cabellos, intentando disipar
mis inseguridades con la repetitiva acción. Es extraño ir a encontrarme contigo
de manera directa tras haberte observado por tanto tiempo. Cuando Emery toca mi
puerta aún me encuentro sumida en mis pensamientos.
Le saludo de la misma manera que ayer
y esta me invita a caminar junto a ella hacia su habitación. El paso lento con
el que se suele caminar por los pasillos me conflictúa. Una parte de mí quiere
llegar pronto, la otra quisiera demorar aún más.
Al final se me dificulta adquirir una
postura interna apropiada. Emery ya está por llegar hasta la puerta que le
corresponde. Solo me queda centrar mis esfuerzos en el papel de la señorita
sumisa y rigurosa por la siguiente hora. Me apena un poco tener que hacer las
cosas de esta forma, ya que me gustaría que vieses quien soy en realidad.
—Chicas, hemos llegado. —Anuncia
Emery, juntando sus manos con entusiasmo.
Doy un vistazo amplio por la
habitación, buscándote, pero no te encuentro. Una parte de mí se calma por
esto, más la otra se siente un tanto decepcionada.
—Es un gusto estar aquí hoy. —Señalo
con el clásico ademán de inclinación de cabeza y sonrisa tenue. Este gesto es
el preferido de la mayoría. Siento que anuncia que no tengo nada en mi cabeza
excepto buenos modales.
Las dos chicas en la habitación, Amai
y Eralda, me devuelven el saludo de inmediato, con un brillo de admiración en
sus ojos. Conozco a la perfección esa mirada, después de todo es la que más me
fatiga. Lo dejo pasar, como ya es costumbre, limitándome a plegar con cuidado el
vestido con mis manos antes de sentarme. En el momento en que lo hago, Emery
anuncia que deberías llegar en cualquier momento. Por hoy quisiera que no te
escapases hasta ese jardín.
Entre que esperamos por ti, comienza
la charla banal. Cruzamos palabras en torno a nuestros estudios, todo con el té
siendo servido por Emery, dado que ella es quien dirige esta reunión. Eralda
retira dulces en miniatura de una caja dorada. La conversación continua, pero
no me atrevo a probar ni el té ni la fina pastelería. Quiero que llegues y
rompas de alguna forma este cuadro tan deslucido. Por favor, Aurora, permíteme
conocerte y quedar en tu memoria, aunque sea como un recuerdo fugaz.
Para cuando decido darle una probada
al té, mi taza acaba volviendo a su lugar por unos golpeteos en la puerta. Mi
corazón se inquieta. Emery se levanta y, antes de que pueda procesar lo que eso
augura, ya está abriendo la puerta. Escucho por primera vez tu voz desde cerca.
Nos saludas y te disculpas por el retraso. Suenas igual que yo cuando estoy
fingiendo, solo que tu tono es cálido, infligiendo cierta calma en mí. Te
mueves hasta la silla libre que está frente a la mía con un movimiento grácil,
sentándote sin prisa. Intento posar mi mirada en ti lo justo y necesario, pero
dicha tarea me resulta más complicada de lo que esperaba.
Al encontrase nuestras miradas, todos
tus modales me mienten. Te comportas tan sobradamente adecuada como yo, dándome
de vuelta esa sonrisa vacía que estoy tan acostumbrada a hacer. Siento ganas de
reír. Me parece absurdo que nuestro primer punto en común sea que somos buenas
engañando a quienes nos rodean. Es una lástima que no podamos hablar de aquello
en esta mesa, rodeada de empalagoso protocolo en lo que se refiere a
socialización. Las tres chicas intentan acapararte con respeto, pasando por
unos minutos de mi persona. Las entiendo, con o sin fachada, eres una persona encantadora
e inteligente. Tomo el contenido de mi taza entre que te escucho dirigir la
conversación hacia un punto donde puedan acabar hablando entre ellas. Luego de
eso no te oigo más por unos segundos, hasta que te escucho dando una
interrogante.
—¿Me permitirías saber tu nombre y
grado? —Inquieres con una sonrisa, tomándome de improvisto.
—Vanessa, estudiante de penúltimo
grado.
Te entrego mi nombre, tratando de
sonar auténtica. Antes de que alcance a preguntarte lo mismo de vuelta, me
hablas, presentándote como quien ya conozco: Aurora, estudiante de último
grado. Por supuesto, actúas con humildad a la hora de hablar de todo por lo
cual destacas en este horrendo internado, haciendo un resumen de ti que en realidad
no señala nada.
Al reanudarse la conversación grupal,
me veo en la obligación de apartar mi atención de ti para equilibrarla entre el
resto de las chicas. El tiempo transcurre a prisa, tanto que no tengo espacio
suficiente para destacar ante tus ojos de forma no genérica. La concentración
que pongo en pensar qué hacer me lleva a abstraerme del tema que circula ahora
en la mesa. Eso hasta que escucho que te mencionan.
—Y para ti, Aurora, ¿cuál sería el
lugar ideal para una cita?
—Me decanto por un jardín alejado de
los edificios de clases. —Te oigo pronunciar con naturalidad—. ¿No consideran
espléndida la intimidad que se puede conseguir en un lugar así?
Finalizas tu sentencia riendo con
gracia. Pero no ríes para ellas, estás riendo para ti misma porque te divierte
deslizar tu mayor secreto como un comentario más. Me es inevitable esbozar una
sonrisa, pero sostengo mi risa, porque si rio las descolocaré a todas, incluida
tú. Las tres manifiestan que concuerdan con tu propuesta y añaden su propia
porción de fantasía a tal escenario.
—¿Qué hay de ti, Vanessa? —Me pregunta
Emery a fin de hacerme participe activa del tema. Ante esto, finalmente
vislumbro una oportunidad para llamar tu atención.
—También considero que un jardín
llevaría a una cita encantadora. Tener la oportunidad de cambiar de aires en
algún rincón del internado, en compañía de ese alguien especial, suena como la
entrada a un refrescante sueño.
Seguida a mi respuesta vienen
reacciones similares a las que ocurrieron cuando tú hablaste, pero no podrían
importarme menos. En estos momentos solo quiero verte y escucharte. Por favor,
dime qué piensas al respecto de mi respuesta.
—Que dulce pensamiento, Vanessa. —Me
indicas, apoyando tu cara en una de tus palmas. —Espero que puedas llegar a
vivir ese sueño.
Contengo con todas mis fuerzas las
ganas de sonreírte sin reservas por dedicarme semejante comentario, lleno de
calidez y naturalidad. Me limito a darte las gracias, porque es lo único que
puedo hacer. Mi intuición me dice que has sido tu misma mientras me deseas eso.
Y yo por mi parte desearía tanto que vieses que la única que puede llevarme
hasta ese sueño eres tú. Pero en realidad no puedo poner sobre ti una
responsabilidad tan absurda. Es a mí a quien le corresponde decidir qué camino
tomar tras haberte conocido oficialmente.
Después de tal intercambio de palabras
entre nosotras, la reunión regresa a su carácter insípido. Veo como nuestras fachadas
vuelven a desplegarse para sobrevivir al final de este espantoso evento social.
En lo que resta de este, solo intercambiamos comentarios superficiales, lo que
me provoca una inevitable sensación de decepción. Sé que no debería ser
desagradecida de nuestra interacción, pero a estas alturas es difícil reprimir
las ansias de hablar más contigo.
Cuando Emery da por finalizada la
reunión es tiempo de que cada quien regrese a su cuarto o, en su defecto, se
dirija a alguna zona de estudio. Las primeras en levantarse son Amai y Eralda,
aplicando un perfecto código de etiqueta para despedirse de Emery, de ti y de
mí. Luego es mi turno de levantarme y despedirme. Sin embargo, cuando lo hago,
recibo una inesperada acotación de tu parte. Me indicas que ha sido un placer
conocerme, que nuestro breve intercambio te ha parecido encantador, y que
esperas tener otra instancia para hablar conmigo.
Solo alcanzo a darte las gracias de
nuevo, pero sin los ademanes corteses. Elijo mirarte a los ojos, tratando de construir
en mi garganta alguna otra respuesta. Termino diciéndote lo obvio, que también
ha sido un placer conocerte. Alcanzo a detectar cierta agitación en mi voz, lo
que me avergüenza un poco. Pero no me juzgas, solo me sonríes con amplitud. Te
ves tan segura y libre sonriéndome así. Un suspiro se atora en mi garganta por
unos segundos. Procedo a despedirme de Emery, dándole, por primera vez, unas
honestas gracias por organizar esta reunión.
Intento no apresurar mis pasos en el pasillo
que lleva hasta mi habitación. Solo cuando noto que no hay nadie más me atrevo
a correr los pocos metros que me quedan. Una vez dentro, mi cuerpo logra
despojarse de toda la tensión sostenida tras nuestra despedida. Sonrío, suspiro
y dejo que me invada la dicha que me has hecho sentir. Cubro mi boca con una
mano para contener las ganas de soltar una risilla de alegría. La otra me la
llevo, por supuesto, al pecho. Mi corazón está explotando. Apoyo mi espalda en
la puerta y me deslizo hasta que llego al suelo. Sentada, mi mente comienza a
repetir cual película todo lo acontecido.
Luego de convencerme de lo real de los
hechos, aparece una obvia interrogante. Me pregunto si yo te he provocado algo.
Mi lógica me dice que sí, puesto que no les has dedicado una despedida así a
las demás. También considero como argumento a mi favor las miradas y sonrisas
que te tomaste el tiempo de darme. No obstante, mi inseguridad se abalanza
sobre estos pensamientos, recriminándome que solo estoy fantaseando y que tal
comportamiento es algo común en ti. Sea cual sea el caso, llego a una única
conclusión. Tengo que averiguar por mí misma cual es la realidad. Ya no me es
posible resistirme en secreto de todo lo que implica este internado. Si no me
muevo, nada cambiará.
Una semana después de haber compartido
en esa fiesta del té, te veo cruzando otra vez esos caminos que nadie podría
divisar desde lejos. Abro mi ventana para dejar que el aire primaveral inunde
por unos minutos mi cuarto. Pero entonces llega a mí la idea que he tenido
desde que nos encontramos. ¿Y si salto? ¿Y si me dirijo hacia ti de una vez por
todas? Pienso entre que bajo mi cabeza para ver la distancia entre el marco de
la ventana y el suelo. No es mucha.
Sé que me dije a mi misma que tenía
que decidirme sobre lo que quería hacer respecto de ti y de mí. Mas no puedo
engañarme. Tengo miedo. Miedo a la represalia por semejante incumpliendo, pero,
sobre todo, miedo a que me rechaces si aparezco frente a ti. Respiro y suspiro
a profundidad. El retumbar de mi corazón me anuncia que estoy dispuesta a cometer
un arrebato. Coloco mis manos en el marco y luego de un último suspiro, me
apoyo y tomo el impulso suficiente para saltar a través de este. Para cuando
caigo al suelo el miedo reaparece, provocando que mis manos tiemblen. Pero no
quiero regresar. Ya no hay vuelta atrás tanto para esta acción como para mis
sentimientos.
Avanzo, orillándome por las paredes
hasta que llego a la esquina. Allí hago memoria del camino que sueles tomar. Me
escabullo entre los arbustos más grandes, descubriendo los únicos ventanales
que se encuentran abiertos. Están derruidos por la naturaleza, rodeados en
exceso de verde, uno que espanta el óxido de los marcos. No tengo que entrar
para ver el conjunto de flores que han surgido en el interior de la vieja
habitación. Y, si bien tenía un imaginario de cómo podían verse, contemplarlas
aglomeradas se siente envolvente.
Sin embargo, no puedo terminar de
apreciar la belleza del lugar, puesto que tú no estás allí. Intento buscarte,
avanzando a través del marco que alguna vez tuvo una puerta, observando con
detenimiento el pasillo. No hay rastro de ti. Me derrumbo un poco. Sería un sinsentido
buscarte por todo el lugar. En este escenario, solo me queda una cosa por
hacer, llamarte, aunque pueda obtener un silencio por respuesta.
—¿Aurora, estás aquí? —Pronuncio,
tensa y vacilante. Pero tras unos segundos, ambas emociones se transforman en
una sorpresa. A esta le siguen los nervios.
—¿Vanessa? —Me llamas. También escucho
en tu voz rastros de sorpresa. Asomas desde la habitación contigua y comienzas
a caminar hacia mí, poniendo una mano en tu pecho antes de continuar—. No
tienes idea de cuánto me asustaste. Por un momento pensé que era una de las
vigilantes. Es un alivio saber que eres tú.
—¿Me recuerdas? —La interrogante sale
a prisa de mi boca. Y como no, si eso ha sido lo que más he querido saber
durante toda la semana.
—Claro que te recuerdo. La respuesta
que diste en la reunión de té fue la única cosa que dejó una impresión en mí. A
estas alturas estaba convencida de que no experimentaría una charla genuina con
alguien. Tu comentario me hizo feliz, incluso si hubiese sido una mera
coincidencia en torno a mi propio pensamiento.
—Pero no fue una coincidencia.
—Afirmo, aunque de seguro es notorio que lo sabes.
—Sí, puedo ver que no lo fue. Aunque
no pensé que llegarías exactamente aquí. Supongo que no he pasado tan
desapercibida como pensaba. —Ríes y tus ojos se cierran en un acto espontáneo a
la vez que suave—. Lo siento, no me estoy riendo de ti. Es solo que es la
primera vez que me encuentro con una persona que tiene el mismo valor que yo.
—No me siento en absoluto valiente en
estos momentos. —Me sincero, tratando de recomponerme por todo lo que está
pasando ahora mismo.
—Pero lo eres. Es admirable que te
atrevieras a ir más allá de tus sueños. Francamente, me alegra que estés aquí.
Dicho eso, me indicas con leves
golpecitos en el suelo que tome asiento junto a ti. Yo sigo haciendo lo posible
por entender los hechos. Todo se siente extraño, nebuloso cual espejismo.
Quisiera preguntarte si no estoy soñando, pero no puedo. Me avergonzaría mucho
exponerme así.
Lo primero que haces luego de que tomo
asiento, es sacar un pan dulce que se hallaba finamente envuelto en un pañuelo.
Me ofreces un trozo como si fuese natural que estemos compartiendo aquí. Lo
recibo, pero noto la confusión en tu rostro. Es obvio que ya eres consciente de
mis nervios y de la incomodidad que tengo al no ser capaz de asimilar bien este
momento.
—Disculpa, me tomé las cosas muy a la
ligera. No fue fácil tomar la decisión de venir hasta aquí, ¿verdad?
Tu voz se torna más seria y pausada al
hacer esa acotación. Me mantengo en silencio, no porque no quiera responderte,
sino por la agitación interna que no soy capaz de expresar. Respetas esto,
limitándote a mirarme con calidez. Cuando al fin me veo capaz de darte una
respuesta, un suspiro se escapa. Con la voz queda doy paso a una de las tantas
confesiones que me gustaría hacerte.
—No, no ha sido fácil, y, si te soy
sincera, aún estoy asustada. Ni siquiera sé cómo volveré a mi cuarto, siento
que las piernas no querrán funcionarme llegado el momento.
—No te preocupes, volveré contigo sin
falta.
Tus palabras me reconfortan de
inmediato. Suenas segura y confiable, lo que me lleva a extender una sonrisa en
mis labios luego de darte las gracias con toda honestidad. Mantienes tus ojos
sobre mi rostro por unos segundos sin decir nada más. Luego, te desvías
fugazmente para contemplar las flores. Me confundes. ¿Me has mirado a mí o lo
que me está pasando? Ambas posibilidades me harían feliz. No obstante, mi
inseguridad vuelve a ganar terreno, indicándome que solo está siendo amable
porque he sido capaz de venir hasta aquí. Me sacas de mis pensamientos con una
frase simple.
—Este resultado implica que somos
cómplices, por eso se me ocurrió compartirte algo para inaugurar nuestra
alianza. Espero que sea de tu gusto. —Indicas apuntando a mi trozo de pan
dulce.
—Claro que lo será.
Añado, partiendo el trozo en otro más
pequeño a fin de llevármelo con facilidad a la boca. Tú haces lo mismo. Por un
momento el silencio reina, pero no me incomoda, al contrario, me permite sentir
el viento y el aroma floral por entero. Mi mente se refresca y mis emociones se
apaciguan. Esto es real, y está bien que sea real. Eso es todo lo que necesito
repetirme en estos momentos. Ya no quiero gritar por dentro, solo quiero sostener
el presente que tengo contigo. Y repetirlo. Me gustaría tener el valor para
decirte que quiero eso.
—Solo para asegurarme, no piensas
delatarme, ¿cierto?
—Por supuesto que no. El solo pensarlo
me resulta espantoso.
—Me alegra oírlo. Si hubieras tenido un
atisbo de esas intenciones, me habría visto obligada a señalarte todos los
contras con los que cargarías. —Señalas al tiempo que apoyas tu cabeza en la
pared gastada. Te interrogo para saber más, curiosa a lo que tengas para decir.
—¿A que te refieres?
—Piénsalo así, si tú me expusieras,
también te estarías exponiendo a ti. Darlenne dudaría de inmediato respecto de
por qué conoces este sitio y cómo sabes que vengo hasta aquí con frecuencia.
Eso sería suficiente para condicionar el futuro que te espera tras graduarte.
—Cuanta astucia.
—Gracias. He tenido que considerar
cada escenario posible a fin de que este sitio siga siendo seguro para mí.
Dicho eso procedes a contarme más
acerca de lo que has llegado a pensar y hacer con tal de sostener este espacio
tan personal. Me entero de todas tus peripecias para aprender las rondas de las
vigilantes, así como de las horas de cálculo que tuviste que hacer para
desplazarte a tiempo a donde se requiriera tu presencia. Por último, me señalas
tu patrón de escape. Me confirmas que solo lo haces los martes, porque es el
día en que solo tienes clases de etiqueta. Y al escuchar tus firmes
declaraciones de repudio hacia esa clase en particular, me queda claro de dónde
sacas la determinación para fugarte.
Mientras te escucho me doy cuenta de
que, más allá de tu seguridad y tus aires libres, eres tan humana como yo. No
tienes la actitud que esperaba. Pero, cuando lo pienso, no sé realmente qué
esperaba. Quizás una figura que reflejase una rebeldía intensa y un sentido
disruptivo en torno a este lugar. Pero me agrada ver que solo eres alguien que
aprovechó su astucia para poder despojarse de toda norma y vivir un par de
horas en completa despreocupación. No hay motivos intrincados en tu
comportamiento, solo hiciste realidad lo que querías, algo que yo pude hacer
únicamente gracias a ti.
Al final termino conectando contigo
siendo yo misma, señalándote con fuerza que yo también detesto las clases de
etiqueta y que me parece arcaico que se nos golpee con unas varillas en las
manos por gesticular más de lo debido con las manos. Asientes varias veces y
añades que te parece estúpido, a la vez que gracioso, el que aún nos coloquen
libros sobre la cabeza para trabajar en nuestra postura. Y así, comenzamos un
intercambio de comentarios centrados por entero en lo horrendo que nos parece
todo este sistema de crianza de señoritas. En una pausa el aire deja nuestros
pulmones con fuerza. Acabamos mirándonos antes de soltar una risa larga y
natural. Siento que nunca había sido capaz de reír de esta manera. Elijo
comunicártelo y me indicas lo mismo.
—Vanessa, quisiera continuar con
nuestra conversación, pero ya es hora de regresar.
Refuerzas tus palabras levantando la
muñeca donde tienes tu reloj. La realidad cae sobre mí, sintiéndose densa,
sucia, musgosa, como si quisiera adherirse a mí con más permanencia que antes.
Sin embargo, una pequeña estela se abre paso en mi pecho, lo que me permite
responderte con otra declaración personal.
—Aurora, no quiero que esto termine
aquí. —Me atrevo a decirte.
—¿A qué te refieres? Es un hecho que
esto no termina aquí. Quedan demasiadas cosas sobre las cuales debemos
horrorizarnos.
Tu declaración acelera mi corazón. Ya
no me importa si me piensas como yo te pienso. No me importa si no soy especial
para ti de la forma en que tú lo eres para mí. Me has concedido lo que más
quería. Puedo volver aquí, puedo sentarme junto a ti otra vez y disfrutarte a
plenitud. No necesito nada más.
Te levantas primero, limpiando tu
vestido con prisa. Me extiendes la mano para ayudarme a levantarme. Tomas tu
maletín y procedemos a volver sobre nuestros pasos con una versión más precisa
del recorrido que recordaba en mi mente cuando te veía. Me preguntas por la
ubicación de mi cuarto y te alivias al escucharme, puesto que el tuyo está
girando a la izquierda del mío. Así no tendrás que correr. Una vez que llegamos
a mi ventana, me preguntas si necesito ayuda.
—Tengo que acostumbrarme a hacer esto
por mí misma. —Explico, intentando darle un giro digno al hecho de que en
realidad no sé cómo subiré. Añado en el mismo tono—. Pero, ¿podrías no mirarme
mientras escalo?
—Está bien. —Dices soltando otra risa,
una mucho más leve que antes, pero igual de dulce—. Aunque no hay de que
avergonzarse, te verías linda y elegante incluso escalando una ventana.
Guardo silencio y me obligo a
concentrarme, repitiéndome que solo debo pensar en no caer, cosa que, vale
decir, es en exceso difícil dadas tus declaraciones hacia mi persona. Al
traspasar el marco confirmo que estás de espaldas a mí. Te llamo y te giras de
inmediato, sonriendo. Te acercas hasta quedar bajo el marco, pronunciando que
has disfrutado de mi compañía hoy y que esperas verme la semana siguiente.
Asiento con la cabeza y te indico que también estaré esperando nuestro próximo
encuentro. Mi pecho retumba y mis dedos se afirman a mi vestido para disimular
su temblor. Te despides agitando una de tus manos y pronto te pierdes en la
esquina del edificio.
Al quedar sola, cierro la ventana con
cuidado, quedándome de pie frente a esta por unos segundos. Veo tu jardín, ya
no tan secreto. Y es que ahora, aunque me sea difícil de creer, ese lugar también
es en parte mío. De nuevo todo parece un sueño. Mi mente, por primera vez en el
día, no sabotea mis sentimientos, haciéndome recordar tus recientes
declaraciones. Me llevo las manos a las mejillas, preguntándome si es real el
calor que emana de estas. Quiero verte pronto para averiguarlo.
En nuestro siguiente encuentro abrimos
la conversación con preguntas sobre nuestro día y otras trivialidades. El paso
que llevamos se me hace agradable. Tú, que tienes más tendencia a iniciar y
sostener lo que hablamos, me haces preguntas que me acomodan, y yo, en
correspondencia, intento hacer interesante el tópico que estoy desarrollando.
Nos pasamos así la mitad de nuestro tiempo, tras lo cual hacemos una pausa para
comer. Pero esta vez no apoyas tu cabeza sobre la pared. En su lugar, tomas mi
hombro para descansar. Estás tan cerca que tus cabellos llegan hasta los míos.
El silencio reina y ninguna toca su trozo de pan dulce. Una pregunta escapa de
mis labios en un tono bajo. No quiero romper por completo esta agradable
tensión que se está construyendo entre ambas.
—¿Por qué decidiste hacer un
comentario tan atrevido en medio de la reunión?
—Sobre eso, simplemente pensé que sería
divertido.
—¿Arriesgaste tu secreto solo para
divertirte?
—Si consideras lo mucho que me
idealizan, no hay forma de que interpreten algo que no sea el sueño de una
inocente señorita.
Esta vez soy la primera en reír por tu
lógica, pero me extraño cuando no te escucho hacer lo mismo. Al mirarte de
reojo noto que tu vista está dedicada a mirarte la mano donde tienes tu reloj.
Me alarmo, pensando que ya es momento de despedirnos, pero al preguntártelo
solo me niegas con la cabeza. Es evidente que te has puesto seria.
—Vanessa, ¿puedo decirte algo egoísta?
Siento como tu mano se posa sobre la
mía, dócil, tenue, teñida de cierto temor. Entiendo de inmediato a dónde
quieres llegar. Presiento lo que saldrá de tu boca, pero me niego a creerlo
hasta que lo digas. Mi cuerpo se torna rígido, reflejando el miedo que tengo respecto
de que esto resulte de la peor manera posible, pese a que es notorio que no es
hacia ese final al que apuntas.
—¿Es necesario que lo preguntes?
—Inquiero, tratando de mantener la calma. Quisiera que mi mano se moviese, pero
estoy demasiado concentrada en tus próximas palabras como para hacerlo.
—Para esto sí. —Agarras mi mano,
dándole un leve apretón. Es como si quisieras reafirmar tu seriedad al respecto
de lo que está pasando.
—¿Entiendes la presión que me estás
haciendo sentir? —Pregunto con voz temblorosa, pero también impaciente.
—Disculpa, lo diré de una vez. —Te
separas de mi hombro para mirarme a los ojos—. Me gustas. Te lo confieso porque
siento que, si no lo hago, no podré sostener estos encuentros. Todo sería
agridulce para mí, y no quiero eso. Este deseo por ti es real y mi intuición me
dice que compartes mis sentimientos, pero necesito tu respuesta, así que,
¿podrías decirme cómo te sientes?
—Estoy enamorada de ti, Aurora. Perdidamente.
Desde la primera vez que te vi escurriéndote hacia este jardín.
No vale la pena que me restringa más
después de escuchar cómo te has confesado. Experimento por primera vez una
sensación de completa libertad sobre lo que siento. Confesarme de vuelta se ha
sentido como la liberación de todo lo que se hallaba condensado en mi mente y
corazón. He podido ser quien realmente soy y has desarrollado tales
sentimientos con base en eso. No podría estar más feliz. Al fin soy capaz de
tomar tu mano de vuelta, apretándola para también realzar lo que siento por ti.
—Eso es más de lo que esperaba.
—Indicas, pero no en tono incómodo, es más como si te hubieras llevado una
sorpresa.
—¿Ha sido demasiado intenso?
—Inquiero, sonriéndote.
—Sí, pero no me desagrada en lo
absoluto. Es justamente esa intensidad la que me ha cautivad. Pero, debo
preguntarte si entiendes lo que implica que esto sea recíproco.
—Para mí significa que puedo tenerte y
no dejarte ir. —Aseguro, sosteniendo su mirada.
—Me has quitado las palabras de la
boca. —Añades, sonriéndome de vuelta, pero luego la postura de tus labios
cambia un poco. —Dime, Vanessa, ¿puedo besarte?
—No podría desear otra cosa.
Nuestro primer beso es, por obvios
motivos, un tanto tímido. Pese a que ambas debemos tener imaginarios de cómo ha
de ser el besarse, nuestra carencia de técnica nos lleva a un ritmo lento que
luego se torna un tanto desordenado. Pero sé que ambas estamos transmitiendo lo
que sentimos de la mejor manera que podemos. Eso es todo lo que me importa.
Repetimos tal acto un par de veces,
con nuestras manos aún entrelazadas. Poco a poco nos acostumbramos al ritmo de
la otra, sincronizándonos mejor. Al detenernos solo sabes sonreír, realizada.
Esta vez soy yo quien se apoya en tu hombro para trata de expresarte lo mismo.
Guardamos silencio por unos minutos, viendo el trozo de cielo que nos regala el
ventanal. Divisamos un par de ramas que se tambalean por el viento. Reflexiono
en torno a la fragilidad de la naturaleza y te lo hago saber.
—¿No sientes que las mismas cosas que
nos traen dicha son capaces de arribárnosla?
—Es cierto, pero, ¿por qué lo dices
ahora?
—Porque siento que mis sentimientos
por ti me perforarán si desapareces.
—No permitiré que eso pase. No dejaré
que este amor te duela.
— Aurora, sé sincera conmigo, ¿realmente no albergas ningún miedo? El
futuro que nos espera está lleno de restricciones.
—Pero no es el único futuro, Vanessa. Siempre habrá otros. La vida
condicionada por las normas y las decisiones de otros es solo uno. En mi
versión, la libertad siempre estará presente.
—¿Aunque tengas un esposo que te obligue a presentar modales sumisos?
—No hay ley que impida un divorcio. Y no hay ataduras cuando puedes huir
por todo el país. Por eso sé que todo estará bien.
Hechas estas declaraciones, te mueves para darme un abrazo. Me hundo en
ti, sintiendo tu calor, tus latidos y el dulce olor de tu perfume. Ruego para
mis adentros que pueda abrazarte así una y mil veces más. Le pido a la vida que
me permita tenerte por mucho tiempo, aunque tu graduación esté solo a un mes de
distancia. Nos despedimos tiernamente y caminamos de la mano hasta llegar a mi
ventana. Una vez bajo el marco, me acaricias el rostro antes de besarme.
Te digo que no es necesario que esperes a que suba, pero lo haces de
todas maneras. Luego extiendes tu mano en busca de la mía. Tras pasar tus dedos
con suavidad por los míos, te despides. Expreso que será difícil para mí el
esperar otra semana. Asientes respondiendo que para ti también y luego comienzas
el rumbo hacia tu habitación.
Sin embargo, dos días antes de que llegue nuestro siguiente encuentro,
haces explotar mis sentimientos otra vez. Y es que, en medio de la noche, un
golpeteo sucesivo en la ventana me advierte sobre un pensamiento que me parece
imposible. Pero no lo es, porque ahí estás, de pie bajo el marco de mi ventana,
expectante a que te note.
—Aurora, ¿qué significa esto? —Pronuncio tras abrirte la ventana. Entras
con agilidad y te arreglas el vestido antes de responderme.
—Lo siento, no pude resistirme a venir. —Indicas entre que te giras para
cerrar la ventana y correr las cortinas—. Sé que estoy haciendo algo estúpido,
pero has entrado tanto en mi mente que ya no puedo pensar con claridad ni mucho
menos tener paciencia.
Dicho esto, me abrazas con fuerza, repitiéndome cómo no puedes dejar de
tenerme en tus pensamientos. Estoy tan encantada, tan intoxicada con tus
palabras, que poco es lo que puedo hacer. Opto por abrazarte de vuelta y
argumentar que en mi pecho también se ha gestado la impaciencia. No obstante,
he de reconocerme y reprocharme a mí misma que jamás cruzó por mi mente el
verte antes, menos de semejante manera.
Deshaces el abrazo y me besas, esta
vez con intensidad, reflejando un deseo completamente distinto al de nuestro
último encuentro. Llevas tus manos hacia mis hombros y bajas por mis brazos,
sintiéndome. Tus manos me derriten. Deposito mis propias manos cerca de tu
cuello. Tu temperatura me resulta agradable y, en conjunto con el extensivo
beso, siento que mi propio calor se eleva.
En una pausa tomas mis manos con las
tuyas, luego vuelves a besarme, pero esta vez eres tú quien disuelve el
entrelace de nuestros dedos, elevando tus manos hasta dar con mi cuello. Mi
cabeza se inclina un tanto hacia atrás como acto reflejo del deleite que me
haces sentir, lo que termina interrumpiendo el beso.
No obstante, esto te beneficia. Dejas
ir tus manos para poner tus labios sobre mi cuello. Con cada beso que me das mi
corazón retumba. Mis manos se deslizan hacia tus hombros, apretándolos a fin de
no perderme por completo en tus caricias, pero no tiene el efecto que espero. Tus
manos se han movido otra vez, buscando ahora mis senos. Vuelves a besarme
cuando has dado con ellos, masajeándolos sin ejercer ninguna presión, pero el
pijama es tan delgado y sedoso que acaba por producirme más placer del que
quizás esperas.
—Aurora, ¿podríamos ir a la cama? —Te
pregunto, rendida ante todo lo que me estás haciendo.
Por mi mente solo circula una cosa.
Quiero ser tuya, quiero entregarte todo lo que tengo, todo lo que soy. Quiero
que me sigas tomando de esta manera, y que tus manos crucen junto a tus labios
todo mi cuerpo. Respondes a mi petición al instante, haciéndome caminar de
espaldas hacia la cama. Tras tropezarnos un poco, me recuestas sobre esta como
si fuese frágil, luego te sientas a un costado, lo suficientemente cerca como
para seguir tocándome.
—Te ves hermosa, incluso en el
insípido pijama del internado. —Bromeas. Pero no tengo espacio para bromas en
estos momentos.
—Aurora, por favor.
—Lo sé, lo siento, es solo la manera
con la que llevo mis propios nervios. —Tu declaración despierta en mí la
realidad de que esto es, por supuesto, algo nuevo para ti también. Tu
seguridad, aunque real, no puede cubrir una falta de experiencia en este campo.
—Está bien, yo también estoy nerviosa.
—Voy a continuar ahora.
Señalas antes de proceder a
desabotonar mi pijama, al quedar con los senos expuestos no puedo evitar mirar
hacia un costado, avergonzada. Siento tu risa por esto, y al fijarme en tu
rostro por unos segundos, te veo contemplarme con ternura, con una sonrisa
transparente. Al volver a masajearme, esta vez de forma directa, mi respiración
pasa a convertirse en una sucesión de suspiros. En un tiempo que no puedo
identificar, pasas de tocarme a bajar mi pantalón de pijama junto con mi ropa
interior.
Estoy desnuda ante ti, en más de un
sentido, lo que, por supuesto, me avergüenza y sobrecoge. Pero antes de pasar a
tocar mi parte baja me das un abrazo y me besas en un ademán romántico, con una
mano sobre mi mejilla. Me dices algo que ya has repetido un par de veces hasta
ahora, que te gusto, que me quieres, que deseas consumar tus sentimientos a
través de esto. Yo asiento, sin ser capaz de verte por completo, indicando que
también me quema por dentro la idea de estar contigo de esta manera.
Cuando tus dedos bajan los suficiente,
mi piel se eriza y mi cuerpo se tensa. Escucho tus susurros. Me pides que me
relaje y me entregue a ti. Lo hago y entonces ocurre. Una ola acalorada me
toma, a la vez que una electricidad recorre toda mi espalda. Te siento dentro
de mí, y se me hace imposible separar el calor de tus dedos de mi propio calor.
Todo se entremezcla y siento que mi consciencia solo está presente para ti.
Puedo sentir que, poco a poco, nos vamos a otro sitio, a uno más allá de lo
físico, un lugar donde nuestros sentimientos se combinan hasta formar una nueva
forma de amor.
Al moverte, mi respiración pierde el
ritmo de suspiros, siendo estos reemplazados por quejidos placenteros. En un
punto cierro los ojos para que este acto no me desborde, pero tal acción acaba
por aumentar la intensidad de todas las sensaciones que me rodean. Mi espalda arde
y mi sudor traspasa con fineza la ropa de cama. Me atrevo a buscarte con la
mirada.
Intento llamarte, pero mi boca no es
capaz de pronunciar palabra alguna. Extiendo una de mis manos hacia ti,
esperando que notes que te necesito más cerca. La sostienes y me sonríes.
Entrelazas tus dedos con los míos y continuas. Una vez que el clímax llega
hasta mi cuerpo vuelves a abrazarme, acomodándote en la cama. No logro soltarte
pese a que necesitas moverte más. Soy capaz de mirarte fijamente y declararte
una vez más lo obvio.
—No quiero dejarte ir.
—Yo tampoco. Pero no te preocupes, cuando esta horrenda rutina acabe, ambas seremos libres.
El tono de tu
voz refleja firmeza, pero también una emoción que ahora mismo me resulta
contradictoria. Suenas esperanzada, como si tu actitud frente al futuro
influyera en que este te diese lo que quieres. Yo desearía sentirme así, pero
no soy como tú. No puedo estar tranquila pese a que has roto por entero la
realidad a la que me estaba doblegando, mostrándome que existen otras opciones respecto
de cómo vivir mi vida.
—No creo poder
sostener mi voluntad de la misma manera que tú.
—Y está bien
que sea así. Tu forma de luchar es mucho más indirecta que la mía, pero eso no
la hace menos poderosa. Por eso tienes que esperar por mí mientras batallas en
silencio contra este asqueroso sistema.
Tus manos me
aprisionan en otro acalorado abrazo, espantando así el remolino de
inseguridades que se estaba gestando en mi pecho. Mis brazos llegan hasta tu
espalda. Te declaro el mayor miedo que concibo ahora mismo.
—Sin ti siento
que, tarde o temprano, perderé la cabeza.
—Juro que iré
por ti. Cree en mí.
—Jamás he
dudado y jamás dudaré. Te estaré esperando, Aurora, así que encuéntrame pronto.
—No dejaré de
buscarte, Vanessa.
En un abrir y
cerrar de ojos llega el día de tu graduación. Ese día siento un dolor intenso
mientras veo toda la ceremonia. No hemos sido capaces de encontrarnos en el
jardín antes de que este momento llegue debido a las clases de reforzamiento
que te impusieron en las últimas dos semanas. Todo para demostrar que eres la
señorita perfecta, la que Darlenne siempre ha deseado concebir en este infernal
internado. Pero yo sé la verdad, sé que provocarás una gran tormenta para cada
persona de tu círculo una vez que salgas de este lugar. Eso me calma, llenando mi
pecho de un agradable calor. Este no es el final, me has convencido de eso con
todas tus fuerzas. Ahora solo me queda creerlo y no renunciar a ti pase lo que
pase cuando llegue el día de mi propia graduación.
Pero debo ser
honesta contigo, aunque ya no puedas saberlo. Y es que los pasos que di hasta
mi habitación tras tu graduación fueron pesados, tanto o más que los que doy
ahora entre la ventisca, que me remarca el comienzo de la cuarta primavera sin
tu presencia. Sé que no te gustaría verme contando las estaciones, pero no
puedo evitarlo. Irónicamente, el tener consciencia del paso del tiempo, me
ayuda a reforzar las ansias que tengo por verte otra vez. Sigo aquí, Aurora.
Estoy esperando por ti en esta pequeña ciudad, donde he acabado tras casarme.
Año tras año,
me he resistido a pedirle al cielo que te traiga hasta mí, después de todo,
solo conseguiría desesperarme. Aunque eso no significa que me halle inalterable
en esta espera. Tan solo intento no rehuir de la tristeza que me causa nuestro
desenlace. Así, he podido reconocer otros sentimientos, como la cálida
nostalgia de lo que alguna vez fue un ««nosotras»». Si me vieses en mis
momentos más débiles pensarías que he perdido el juicio, ya que a veces el
llanto lo interrumpen breves sonrisas. La memoria de tu partida siempre se
entremezcla con los dulces encuentros que tuvimos.
Al final,
cuando pienso en ti, solo puedo sentir que el dolor va a la par con la dicha.
Fuiste mi primer amor, y el único, por eso pensarte se siente tan agridulce,
tan deliciosamente punzante. Y estaré feliz de continuar sintiendo esto, porque
para mí significa que aún te tengo cerca.
Al llegar al
parque tomo asiento en la banca más cercana. La calidez de los faroles en medio
del panorama nocturno distrae a mis ojos, que ya me han dado aviso de lo
inundados que se encuentran. De seguro te sentirías feliz en un sitio como
este, tan vivo y libre.
—Vanessa…
¿Podrías por favor…voltearte…?
Una voz
agitada me llama desde un punto que no alcanzo a ver, mas no es necesario que me
voltee, porque sé de quién se trata. Conozco por entero ese tono, esa forma tan
específica de pronunciar el final de mi nombre.
—¿Al fin he
perdido el juicio, Aurora?
—No lo sé,
pero en mi mente te veías más feliz por reencontrarnos.
La risa
cosquillea entre mis labios. No puedo hacer nada excepto reír. No alcanzo a
entender por qué lo hago, si es por el comentario, por la situación o por tu
sola presencia. Me giro, con una determinación insulsa, una que me dice que no
me agitaré tanto cuando te divise, después de todo he imaginado este escenario
cientos de veces. Pero tal cosa no ocurre.
Apenas mi
vista te alcanza, las lágrimas se presionan las unas a las otras por salir,
explotando hacia mis mejillas tras un sollozo ahogado. Me levanto de golpe,
porque necesito tocarte para hacer real tu existencia en este momento, en este
lugar, pero caigo de rodillas al suelo.
Mi cuerpo
tiembla, y como no, si estás frente a mí, sonriendo mientras recuperas tu
aliento. No has cambiado nada. Sigues estando ajena a toda preocupación, siendo
capaz de darme un comentario trivial como apertura de nuestro reencuentro.
Siento tus
pasos entre la fina gravilla, lentos y ligeros. Tus manos me rodean con tanta
calma que me desesperan. La fuerza con la que busco tu abrazo te hace caer.
Solo sabes reír ante la ridícula escena que estamos montando. Vale decir que,
por supuesto, esto no te importa en absoluto. No obstante, a estas alturas, a
mí tampoco me escandaliza. Al contrario, ahora que has regresado, tengo la
certeza de que podría cometer cualquier locura sin arrepentirme. Y, en
realidad, así será.
Fin
Siguiente relato: Decidí maldecir a mi exnovia
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