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Sutil atracción

Hoy también veo como diriges tus pasos hacia el descuidado jardín que se ha formado dentro de esa vieja edificación clausurada. Te mueves segura, como si fuese natural estar paseando por allí. No tienes en cuenta que desde mi ventana puedo distinguir tu silueta, la que se me escapa solo cuando te escabulles por una de los tantos ventanales desgastados. Ahora es imposible imaginar la arquitectura de ese lugar por completo, pero se cuenta que, hace décadas, fue una hermosa residencia edificada para la primera generación de estudiantes del internado.

Al volver a ti, pienso que existe la posibilidad de que notes mi presencia y que no te importe en absoluto. Después de todo mi cuarto está en una esquina solitaria, libre de compañías. Lo que es seguro es que no sabes que, al igual que tú, he tenido la idea de querer escapar hacia aquel rincón desde hace un tiempo.

Soy consciente de que me quedan tan solo dos años en este lugar, por lo que no debería romper las reglas haciendo algo así, pero ya no creo poder huir de la realidad a base de libros. Es asfixiante vivir aquí, con estas pesadas enseñanzas sobre cómo ser las señoritas perfectas para los hombres influyentes de la sociedad.

Todo el intelecto y potencial que desarrollamos en las áreas teóricas se pierde al graduarnos. Eso es lo que he concluido tras ver cómo las estudiantes de cursos superiores se apagan más y más hasta que les llega la hora de irse. Algunas lloran, otras se revelan, pero todas acaban por rendirse, ya que saben que no pueden hacer nada. Yo no seré la excepción. Los modales sumisos también acabarán por borrar el resto de mi persona.

Cuando Darlenne Jones, la directora, hable en torno a mi rendimiento en estos cuatro años, su influencia llevará mi vida hacia un futuro preciso, a un hombre en concreto. Nadie en mi familia la cuestionará, por supuesto, ya que su poder y estatus es precisamente lo que arrastra a muchos padres a inscribir a sus hijas aquí. El sueño de que ««tengan una vida mejor»» es una condena, aunque se haga con buenas intenciones. Eso me desespera.

Pero a ti no parece afectarte nada de esto. Cada vez que te veo escabulléndote despiertas mi curiosidad, la que insiste en saber por qué lo haces, qué es lo que ganas al arriesgarte así. Y aunque te tengo cerca de mí cada día, nunca me atrevería a preguntártelo. Pienso que te escandalizarías al enterarte de que alguien conoce tus actividades secretas, aunque también he considerado la idea de que creas que soy una acosadora que vigila todo lo que haces.

Lo cierto es que coincidí contigo aquel martes sin quererlo. El pesimismo me consumía ese día, distrayéndome de mis estudios. En uno de tantos suspiros levanté la mirada. Así apareciste. Caminabas bajo la lluvia con el maletín sobre tu cabeza, dando a veces pasos largos, probablemente por las pozas de agua. La sorpresa en mis ojos duró unos segundos, tras los cuales reí. Luego solo me quedó una sonrisa en el rostro. Estabas haciendo algo absurdo, y, sin embargo, parecías tan tranquila. Fuiste una hermosa casualidad. Una que diluyó mis tensiones. En las siguientes semanas fui entendiendo que tus días de escape eran los martes.

Claro está que no tengo cómo saber si lo haces otro día, aunque podrías, puesto que es un hecho que a nadie le importa vigilar un sitio así. Pero me alegra encontrarme contigo de vez en cuando, fuera del espacio académico. Aunque esta situación no es realmente algo a lo que se le pueda llamar encuentro.

Entiendo que, si no te veo otros días es porque huyes allí más temprano, más tarde, o porque de lleno no lo haces. También es válido decir que hay martes donde mis deberes o lecturas me abstraen al punto que olvido todo lo que está fuera de la ventana, incluyéndote a ti.

Los golpes en mi puerta me hacen quitar la vista del paisaje. Es hora de volver a fingir. Enderezo mi postura, me arreglo el lazo del cuello y plancho mi vestido con las manos antes de caminar para encontrarme con una de mis compañeras más desagradables. Esta vive encantada con las cadenas que la Darlenne le ha puesto, creyendo con fervor que yo también me siento así. Más aún, considera que soy alguien atractiva, llena de virtudes y carente de defectos.

Vale decir que muchas otras estudiantes viven con la misma creencia sobre mi persona, admirándome de una forma que me resulta agobiante. Para ellas he de ser una figura de interés en sus planas rutinas, una dulce alteración para su ánimo. Yo me arrepiento de haberme mimetizado con tanta fuerza en este repudiable sitio. No quería esta popularidad en absoluto.

Estoy segura que ninguna debe considerar la saturación que provoca tener miradas siguiéndote todo el tiempo. Menos deben saber que las charlas que entablan conmigo me resultan insípidas. Pero no todo es su culpa. He sido yo quien ha elegido reflejar educación y elegancia en cada momento. Y es mi feminidad la que ahora me suma en negativo.

Abro la puerta sin apuro, entrando poco a poco en conexión con el aire pausado que se respira aquí. Cuando la figura de mi compañera se hace nítida para mí, la saludo, inclinando un poco mi cabeza a la vez que mis comisuras se estiran con suavidad.

—¿Así que ya es hora del té, Emery? Debo disculparme, he perdido el sentido del tiempo a causa de mis estudios.

—Oh, Vanessa, no es necesario que te disculpes por sumirte de lleno en eso. Además, hoy solo me encuentro aquí para indicarte que la reunión se aplazará para el día de mañana.

—Eso es una sorpresa, ¿es posible saber la causa?

—Aurora nos ha dejado una carta sobre su pupitre. En esta indica que no logrará asistir el día de hoy, prometiendo que mañana se presentará sin falta.

—De seguro pospuso su asistencia por razones académicas. —Emery asiente, segura ante mi argumento. Es un tanto gracioso mentir respecto de ti, porque sé que te has ausentado por mero capricho—. Y a propósito de eso, yo también he de retomar mis deberes pendientes, así que, si me disculpas.

—Por supuesto, hasta mañana, Vanessa.

—Hasta mañana, Emery.

Apenas cierro la puerta, una risa ligera deja mis labios, los cuales cubro por inercia con mi mano. Y es que es inevitable no reír. Tú dejando de lado una absurda reunión de té sin dar explicaciones es un acto digno de apreciación, puesto que retrata a la perfección tu verdadera forma de ser. Me lanzo sobre la cama, encantada por aquello. Cada vez que te veo actuando así, las ansias de atreverme a dar pasos fuera de la norma establecida crecen. Me fascina esa confianza que tienes, esa que roza el descaro. Y, pese a eso, también estoy deseosa de poder interactuar contigo bajo nuestros perfiles de señoritas ejemplares. Así, por primera vez, me emociona el poder asistir a esas dichosas reuniones del té.

Cuando el sol del alba marca el comienzo de un nuevo día, mi corazón empieza a darme aviso sobre mi emoción. Desde ayer no he podido dejar de pensar en ti y en la reunión del té. No es de extrañar que me sienta así, puesto que en el común de mi rutina tú te encuentras lejos de mi alcance. Hoy por fin podré establecer un nexo contigo, aunque no de la manera en la que me gustaría. Si te soy honesta, me rehúso a conformarme con sostener una relación contigo desde la apariencia que nos entrega esta irremediable etiqueta. No obstante, aún no tengo el valor para visitarte en tu lugar de escape y solicitarte que me permitas acompañarte.

Tras transcurrido el día académico, me queda un lapsus de tiempo suficiente para poder prepararme. Me siento con cuidado frente al anticuado tocador y cepillo mis cabellos, intentando disipar mis inseguridades con la repetitiva acción. Es extraño ir a encontrarme contigo de manera directa tras haberte observado por tanto tiempo. Cuando Emery toca mi puerta aún me encuentro sumida en mis pensamientos.

Le saludo de la misma manera que ayer y esta me invita a caminar junto a ella hacia su habitación. El paso lento con el que se suele caminar por los pasillos me conflictúa. Una parte de mí quiere llegar pronto, la otra quisiera demorar aún más.

Al final se me dificulta adquirir una postura interna apropiada. Emery ya está por llegar hasta la puerta que le corresponde. Solo me queda centrar mis esfuerzos en el papel de la señorita sumisa y rigurosa por la siguiente hora. Me apena un poco tener que hacer las cosas de esta forma, ya que me gustaría que vieses quien soy en realidad.

—Chicas, hemos llegado. —Anuncia Emery, juntando sus manos con entusiasmo.

Doy un vistazo amplio por la habitación, buscándote, pero no te encuentro. Una parte de mí se calma por esto, más la otra se siente un tanto decepcionada.

—Es un gusto estar aquí hoy. —Señalo con el clásico ademán de inclinación de cabeza y sonrisa tenue. Este gesto es el preferido de la mayoría. Siento que anuncia que no tengo nada en mi cabeza excepto buenos modales.

Las dos chicas en la habitación, Amai y Eralda, me devuelven el saludo de inmediato, con un brillo de admiración en sus ojos. Conozco a la perfección esa mirada, después de todo es la que más me fatiga. Lo dejo pasar, como ya es costumbre, limitándome a plegar con cuidado el vestido con mis manos antes de sentarme. En el momento en que lo hago, Emery anuncia que deberías llegar en cualquier momento. Por hoy quisiera que no te escapases hasta ese jardín.

Entre que esperamos por ti, comienza la charla banal. Cruzamos palabras en torno a nuestros estudios, todo con el té siendo servido por Emery, dado que ella es quien dirige esta reunión. Eralda retira dulces en miniatura de una caja dorada. La conversación continua, pero no me atrevo a probar ni el té ni la fina pastelería. Quiero que llegues y rompas de alguna forma este cuadro tan deslucido. Por favor, Aurora, permíteme conocerte y quedar en tu memoria, aunque sea como un recuerdo fugaz.

Para cuando decido darle una probada al té, mi taza acaba volviendo a su lugar por unos golpeteos en la puerta. Mi corazón se inquieta. Emery se levanta y, antes de que pueda procesar lo que eso augura, ya está abriendo la puerta. Escucho por primera vez tu voz desde cerca. Nos saludas y te disculpas por el retraso. Suenas igual que yo cuando estoy fingiendo, solo que tu tono es cálido, infligiendo cierta calma en mí. Te mueves hasta la silla libre que está frente a la mía con un movimiento grácil, sentándote sin prisa. Intento posar mi mirada en ti lo justo y necesario, pero dicha tarea me resulta más complicada de lo que esperaba.

Al encontrase nuestras miradas, todos tus modales me mienten. Te comportas tan sobradamente adecuada como yo, dándome de vuelta esa sonrisa vacía que estoy tan acostumbrada a hacer. Siento ganas de reír. Me parece absurdo que nuestro primer punto en común sea que somos buenas engañando a quienes nos rodean. Es una lástima que no podamos hablar de aquello en esta mesa, rodeada de empalagoso protocolo en lo que se refiere a socialización. Las tres chicas intentan acapararte con respeto, pasando por unos minutos de mi persona. Las entiendo, con o sin fachada, eres una persona encantadora e inteligente. Tomo el contenido de mi taza entre que te escucho dirigir la conversación hacia un punto donde puedan acabar hablando entre ellas. Luego de eso no te oigo más por unos segundos, hasta que te escucho dando una interrogante.

—¿Me permitirías saber tu nombre y grado? —Inquieres con una sonrisa, tomándome de improvisto.

—Vanessa, estudiante de penúltimo grado.

Te entrego mi nombre, tratando de sonar auténtica. Antes de que alcance a preguntarte lo mismo de vuelta, me hablas, presentándote como quien ya conozco: Aurora, estudiante de último grado. Por supuesto, actúas con humildad a la hora de hablar de todo por lo cual destacas en este horrendo internado, haciendo un resumen de ti que en realidad no señala nada.

Al reanudarse la conversación grupal, me veo en la obligación de apartar mi atención de ti para equilibrarla entre el resto de las chicas. El tiempo transcurre a prisa, tanto que no tengo espacio suficiente para destacar ante tus ojos de forma no genérica. La concentración que pongo en pensar qué hacer me lleva a abstraerme del tema que circula ahora en la mesa. Eso hasta que escucho que te mencionan.

—Y para ti, Aurora, ¿cuál sería el lugar ideal para una cita?

—Me decanto por un jardín alejado de los edificios de clases. —Te oigo pronunciar con naturalidad—. ¿No consideran espléndida la intimidad que se puede conseguir en un lugar así?

Finalizas tu sentencia riendo con gracia. Pero no ríes para ellas, estás riendo para ti misma porque te divierte deslizar tu mayor secreto como un comentario más. Me es inevitable esbozar una sonrisa, pero sostengo mi risa, porque si rio las descolocaré a todas, incluida tú. Las tres manifiestan que concuerdan con tu propuesta y añaden su propia porción de fantasía a tal escenario.

—¿Qué hay de ti, Vanessa? —Me pregunta Emery a fin de hacerme participe activa del tema. Ante esto, finalmente vislumbro una oportunidad para llamar tu atención.

—También considero que un jardín llevaría a una cita encantadora. Tener la oportunidad de cambiar de aires en algún rincón del internado, en compañía de ese alguien especial, suena como la entrada a un refrescante sueño.

Seguida a mi respuesta vienen reacciones similares a las que ocurrieron cuando tú hablaste, pero no podrían importarme menos. En estos momentos solo quiero verte y escucharte. Por favor, dime qué piensas al respecto de mi respuesta.

—Que dulce pensamiento, Vanessa. —Me indicas, apoyando tu cara en una de tus palmas. —Espero que puedas llegar a vivir ese sueño.

Contengo con todas mis fuerzas las ganas de sonreírte sin reservas por dedicarme semejante comentario, lleno de calidez y naturalidad. Me limito a darte las gracias, porque es lo único que puedo hacer. Mi intuición me dice que has sido tu misma mientras me deseas eso. Y yo por mi parte desearía tanto que vieses que la única que puede llevarme hasta ese sueño eres tú. Pero en realidad no puedo poner sobre ti una responsabilidad tan absurda. Es a mí a quien le corresponde decidir qué camino tomar tras haberte conocido oficialmente.

Después de tal intercambio de palabras entre nosotras, la reunión regresa a su carácter insípido. Veo como nuestras fachadas vuelven a desplegarse para sobrevivir al final de este espantoso evento social. En lo que resta de este, solo intercambiamos comentarios superficiales, lo que me provoca una inevitable sensación de decepción. Sé que no debería ser desagradecida de nuestra interacción, pero a estas alturas es difícil reprimir las ansias de hablar más contigo.

Cuando Emery da por finalizada la reunión es tiempo de que cada quien regrese a su cuarto o, en su defecto, se dirija a alguna zona de estudio. Las primeras en levantarse son Amai y Eralda, aplicando un perfecto código de etiqueta para despedirse de Emery, de ti y de mí. Luego es mi turno de levantarme y despedirme. Sin embargo, cuando lo hago, recibo una inesperada acotación de tu parte. Me indicas que ha sido un placer conocerme, que nuestro breve intercambio te ha parecido encantador, y que esperas tener otra instancia para hablar conmigo.

Solo alcanzo a darte las gracias de nuevo, pero sin los ademanes corteses. Elijo mirarte a los ojos, tratando de construir en mi garganta alguna otra respuesta. Termino diciéndote lo obvio, que también ha sido un placer conocerte. Alcanzo a detectar cierta agitación en mi voz, lo que me avergüenza un poco. Pero no me juzgas, solo me sonríes con amplitud. Te ves tan segura y libre sonriéndome así. Un suspiro se atora en mi garganta por unos segundos. Procedo a despedirme de Emery, dándole, por primera vez, unas honestas gracias por organizar esta reunión.

Intento no apresurar mis pasos en el pasillo que lleva hasta mi habitación. Solo cuando noto que no hay nadie más me atrevo a correr los pocos metros que me quedan. Una vez dentro, mi cuerpo logra despojarse de toda la tensión sostenida tras nuestra despedida. Sonrío, suspiro y dejo que me invada la dicha que me has hecho sentir. Cubro mi boca con una mano para contener las ganas de soltar una risilla de alegría. La otra me la llevo, por supuesto, al pecho. Mi corazón está explotando. Apoyo mi espalda en la puerta y me deslizo hasta que llego al suelo. Sentada, mi mente comienza a repetir cual película todo lo acontecido.

Luego de convencerme de lo real de los hechos, aparece una obvia interrogante. Me pregunto si yo te he provocado algo. Mi lógica me dice que sí, puesto que no les has dedicado una despedida así a las demás. También considero como argumento a mi favor las miradas y sonrisas que te tomaste el tiempo de darme. No obstante, mi inseguridad se abalanza sobre estos pensamientos, recriminándome que solo estoy fantaseando y que tal comportamiento es algo común en ti. Sea cual sea el caso, llego a una única conclusión. Tengo que averiguar por mí misma cual es la realidad. Ya no me es posible resistirme en secreto de todo lo que implica este internado. Si no me muevo, nada cambiará.

Una semana después de haber compartido en esa fiesta del té, te veo cruzando otra vez esos caminos que nadie podría divisar desde lejos. Abro mi ventana para dejar que el aire primaveral inunde por unos minutos mi cuarto. Pero entonces llega a mí la idea que he tenido desde que nos encontramos. ¿Y si salto? ¿Y si me dirijo hacia ti de una vez por todas? Pienso entre que bajo mi cabeza para ver la distancia entre el marco de la ventana y el suelo. No es mucha.

Sé que me dije a mi misma que tenía que decidirme sobre lo que quería hacer respecto de ti y de mí. Mas no puedo engañarme. Tengo miedo. Miedo a la represalia por semejante incumpliendo, pero, sobre todo, miedo a que me rechaces si aparezco frente a ti. Respiro y suspiro a profundidad. El retumbar de mi corazón me anuncia que estoy dispuesta a cometer un arrebato. Coloco mis manos en el marco y luego de un último suspiro, me apoyo y tomo el impulso suficiente para saltar a través de este. Para cuando caigo al suelo el miedo reaparece, provocando que mis manos tiemblen. Pero no quiero regresar. Ya no hay vuelta atrás tanto para esta acción como para mis sentimientos.

Avanzo, orillándome por las paredes hasta que llego a la esquina. Allí hago memoria del camino que sueles tomar. Me escabullo entre los arbustos más grandes, descubriendo los únicos ventanales que se encuentran abiertos. Están derruidos por la naturaleza, rodeados en exceso de verde, uno que espanta el óxido de los marcos. No tengo que entrar para ver el conjunto de flores que han surgido en el interior de la vieja habitación. Y, si bien tenía un imaginario de cómo podían verse, contemplarlas aglomeradas se siente envolvente.

Sin embargo, no puedo terminar de apreciar la belleza del lugar, puesto que tú no estás allí. Intento buscarte, avanzando a través del marco que alguna vez tuvo una puerta, observando con detenimiento el pasillo. No hay rastro de ti. Me derrumbo un poco. Sería un sinsentido buscarte por todo el lugar. En este escenario, solo me queda una cosa por hacer, llamarte, aunque pueda obtener un silencio por respuesta.

—¿Aurora, estás aquí? —Pronuncio, tensa y vacilante. Pero tras unos segundos, ambas emociones se transforman en una sorpresa. A esta le siguen los nervios.

—¿Vanessa? —Me llamas. También escucho en tu voz rastros de sorpresa. Asomas desde la habitación contigua y comienzas a caminar hacia mí, poniendo una mano en tu pecho antes de continuar—. No tienes idea de cuánto me asustaste. Por un momento pensé que era una de las vigilantes. Es un alivio saber que eres tú.

—¿Me recuerdas? —La interrogante sale a prisa de mi boca. Y como no, si eso ha sido lo que más he querido saber durante toda la semana.

—Claro que te recuerdo. La respuesta que diste en la reunión de té fue la única cosa que dejó una impresión en mí. A estas alturas estaba convencida de que no experimentaría una charla genuina con alguien. Tu comentario me hizo feliz, incluso si hubiese sido una mera coincidencia en torno a mi propio pensamiento.

—Pero no fue una coincidencia. —Afirmo, aunque de seguro es notorio que lo sabes.

—Sí, puedo ver que no lo fue. Aunque no pensé que llegarías exactamente aquí. Supongo que no he pasado tan desapercibida como pensaba. —Ríes y tus ojos se cierran en un acto espontáneo a la vez que suave—. Lo siento, no me estoy riendo de ti. Es solo que es la primera vez que me encuentro con una persona que tiene el mismo valor que yo.

—No me siento en absoluto valiente en estos momentos. —Me sincero, tratando de recomponerme por todo lo que está pasando ahora mismo.

—Pero lo eres. Es admirable que te atrevieras a ir más allá de tus sueños. Francamente, me alegra que estés aquí.

Dicho eso, me indicas con leves golpecitos en el suelo que tome asiento junto a ti. Yo sigo haciendo lo posible por entender los hechos. Todo se siente extraño, nebuloso cual espejismo. Quisiera preguntarte si no estoy soñando, pero no puedo. Me avergonzaría mucho exponerme así.

Lo primero que haces luego de que tomo asiento, es sacar un pan dulce que se hallaba finamente envuelto en un pañuelo. Me ofreces un trozo como si fuese natural que estemos compartiendo aquí. Lo recibo, pero noto la confusión en tu rostro. Es obvio que ya eres consciente de mis nervios y de la incomodidad que tengo al no ser capaz de asimilar bien este momento.

—Disculpa, me tomé las cosas muy a la ligera. No fue fácil tomar la decisión de venir hasta aquí, ¿verdad?

Tu voz se torna más seria y pausada al hacer esa acotación. Me mantengo en silencio, no porque no quiera responderte, sino por la agitación interna que no soy capaz de expresar. Respetas esto, limitándote a mirarme con calidez. Cuando al fin me veo capaz de darte una respuesta, un suspiro se escapa. Con la voz queda doy paso a una de las tantas confesiones que me gustaría hacerte.

—No, no ha sido fácil, y, si te soy sincera, aún estoy asustada. Ni siquiera sé cómo volveré a mi cuarto, siento que las piernas no querrán funcionarme llegado el momento.

—No te preocupes, volveré contigo sin falta.

Tus palabras me reconfortan de inmediato. Suenas segura y confiable, lo que me lleva a extender una sonrisa en mis labios luego de darte las gracias con toda honestidad. Mantienes tus ojos sobre mi rostro por unos segundos sin decir nada más. Luego, te desvías fugazmente para contemplar las flores. Me confundes. ¿Me has mirado a mí o lo que me está pasando? Ambas posibilidades me harían feliz. No obstante, mi inseguridad vuelve a ganar terreno, indicándome que solo está siendo amable porque he sido capaz de venir hasta aquí. Me sacas de mis pensamientos con una frase simple.

—Este resultado implica que somos cómplices, por eso se me ocurrió compartirte algo para inaugurar nuestra alianza. Espero que sea de tu gusto. —Indicas apuntando a mi trozo de pan dulce.

—Claro que lo será.

Añado, partiendo el trozo en otro más pequeño a fin de llevármelo con facilidad a la boca. Tú haces lo mismo. Por un momento el silencio reina, pero no me incomoda, al contrario, me permite sentir el viento y el aroma floral por entero. Mi mente se refresca y mis emociones se apaciguan. Esto es real, y está bien que sea real. Eso es todo lo que necesito repetirme en estos momentos. Ya no quiero gritar por dentro, solo quiero sostener el presente que tengo contigo. Y repetirlo. Me gustaría tener el valor para decirte que quiero eso.

—Solo para asegurarme, no piensas delatarme, ¿cierto?

—Por supuesto que no. El solo pensarlo me resulta espantoso.

—Me alegra oírlo. Si hubieras tenido un atisbo de esas intenciones, me habría visto obligada a señalarte todos los contras con los que cargarías. —Señalas al tiempo que apoyas tu cabeza en la pared gastada. Te interrogo para saber más, curiosa a lo que tengas para decir.

—¿A que te refieres?

—Piénsalo así, si tú me expusieras, también te estarías exponiendo a ti. Darlenne dudaría de inmediato respecto de por qué conoces este sitio y cómo sabes que vengo hasta aquí con frecuencia. Eso sería suficiente para condicionar el futuro que te espera tras graduarte.

—Cuanta astucia.

—Gracias. He tenido que considerar cada escenario posible a fin de que este sitio siga siendo seguro para mí.

Dicho eso procedes a contarme más acerca de lo que has llegado a pensar y hacer con tal de sostener este espacio tan personal. Me entero de todas tus peripecias para aprender las rondas de las vigilantes, así como de las horas de cálculo que tuviste que hacer para desplazarte a tiempo a donde se requiriera tu presencia. Por último, me señalas tu patrón de escape. Me confirmas que solo lo haces los martes, porque es el día en que solo tienes clases de etiqueta. Y al escuchar tus firmes declaraciones de repudio hacia esa clase en particular, me queda claro de dónde sacas la determinación para fugarte.

Mientras te escucho me doy cuenta de que, más allá de tu seguridad y tus aires libres, eres tan humana como yo. No tienes la actitud que esperaba. Pero, cuando lo pienso, no sé realmente qué esperaba. Quizás una figura que reflejase una rebeldía intensa y un sentido disruptivo en torno a este lugar. Pero me agrada ver que solo eres alguien que aprovechó su astucia para poder despojarse de toda norma y vivir un par de horas en completa despreocupación. No hay motivos intrincados en tu comportamiento, solo hiciste realidad lo que querías, algo que yo pude hacer únicamente gracias a ti.

Al final termino conectando contigo siendo yo misma, señalándote con fuerza que yo también detesto las clases de etiqueta y que me parece arcaico que se nos golpee con unas varillas en las manos por gesticular más de lo debido con las manos. Asientes varias veces y añades que te parece estúpido, a la vez que gracioso, el que aún nos coloquen libros sobre la cabeza para trabajar en nuestra postura. Y así, comenzamos un intercambio de comentarios centrados por entero en lo horrendo que nos parece todo este sistema de crianza de señoritas. En una pausa el aire deja nuestros pulmones con fuerza. Acabamos mirándonos antes de soltar una risa larga y natural. Siento que nunca había sido capaz de reír de esta manera. Elijo comunicártelo y me indicas lo mismo.

—Vanessa, quisiera continuar con nuestra conversación, pero ya es hora de regresar.

Refuerzas tus palabras levantando la muñeca donde tienes tu reloj. La realidad cae sobre mí, sintiéndose densa, sucia, musgosa, como si quisiera adherirse a mí con más permanencia que antes. Sin embargo, una pequeña estela se abre paso en mi pecho, lo que me permite responderte con otra declaración personal.

—Aurora, no quiero que esto termine aquí. —Me atrevo a decirte.

—¿A qué te refieres? Es un hecho que esto no termina aquí. Quedan demasiadas cosas sobre las cuales debemos horrorizarnos.

Tu declaración acelera mi corazón. Ya no me importa si me piensas como yo te pienso. No me importa si no soy especial para ti de la forma en que tú lo eres para mí. Me has concedido lo que más quería. Puedo volver aquí, puedo sentarme junto a ti otra vez y disfrutarte a plenitud. No necesito nada más.

Te levantas primero, limpiando tu vestido con prisa. Me extiendes la mano para ayudarme a levantarme. Tomas tu maletín y procedemos a volver sobre nuestros pasos con una versión más precisa del recorrido que recordaba en mi mente cuando te veía. Me preguntas por la ubicación de mi cuarto y te alivias al escucharme, puesto que el tuyo está girando a la izquierda del mío. Así no tendrás que correr. Una vez que llegamos a mi ventana, me preguntas si necesito ayuda.

—Tengo que acostumbrarme a hacer esto por mí misma. —Explico, intentando darle un giro digno al hecho de que en realidad no sé cómo subiré. Añado en el mismo tono—. Pero, ¿podrías no mirarme mientras escalo?

—Está bien. —Dices soltando otra risa, una mucho más leve que antes, pero igual de dulce—. Aunque no hay de que avergonzarse, te verías linda y elegante incluso escalando una ventana.

Guardo silencio y me obligo a concentrarme, repitiéndome que solo debo pensar en no caer, cosa que, vale decir, es en exceso difícil dadas tus declaraciones hacia mi persona. Al traspasar el marco confirmo que estás de espaldas a mí. Te llamo y te giras de inmediato, sonriendo. Te acercas hasta quedar bajo el marco, pronunciando que has disfrutado de mi compañía hoy y que esperas verme la semana siguiente. Asiento con la cabeza y te indico que también estaré esperando nuestro próximo encuentro. Mi pecho retumba y mis dedos se afirman a mi vestido para disimular su temblor. Te despides agitando una de tus manos y pronto te pierdes en la esquina del edificio.

Al quedar sola, cierro la ventana con cuidado, quedándome de pie frente a esta por unos segundos. Veo tu jardín, ya no tan secreto. Y es que ahora, aunque me sea difícil de creer, ese lugar también es en parte mío. De nuevo todo parece un sueño. Mi mente, por primera vez en el día, no sabotea mis sentimientos, haciéndome recordar tus recientes declaraciones. Me llevo las manos a las mejillas, preguntándome si es real el calor que emana de estas. Quiero verte pronto para averiguarlo.

En nuestro siguiente encuentro abrimos la conversación con preguntas sobre nuestro día y otras trivialidades. El paso que llevamos se me hace agradable. Tú, que tienes más tendencia a iniciar y sostener lo que hablamos, me haces preguntas que me acomodan, y yo, en correspondencia, intento hacer interesante el tópico que estoy desarrollando. Nos pasamos así la mitad de nuestro tiempo, tras lo cual hacemos una pausa para comer. Pero esta vez no apoyas tu cabeza sobre la pared. En su lugar, tomas mi hombro para descansar. Estás tan cerca que tus cabellos llegan hasta los míos. El silencio reina y ninguna toca su trozo de pan dulce. Una pregunta escapa de mis labios en un tono bajo. No quiero romper por completo esta agradable tensión que se está construyendo entre ambas.

—¿Por qué decidiste hacer un comentario tan atrevido en medio de la reunión?

—Sobre eso, simplemente pensé que sería divertido.

—¿Arriesgaste tu secreto solo para divertirte?

—Si consideras lo mucho que me idealizan, no hay forma de que interpreten algo que no sea el sueño de una inocente señorita.

Esta vez soy la primera en reír por tu lógica, pero me extraño cuando no te escucho hacer lo mismo. Al mirarte de reojo noto que tu vista está dedicada a mirarte la mano donde tienes tu reloj. Me alarmo, pensando que ya es momento de despedirnos, pero al preguntártelo solo me niegas con la cabeza. Es evidente que te has puesto seria.

—Vanessa, ¿puedo decirte algo egoísta?

Siento como tu mano se posa sobre la mía, dócil, tenue, teñida de cierto temor. Entiendo de inmediato a dónde quieres llegar. Presiento lo que saldrá de tu boca, pero me niego a creerlo hasta que lo digas. Mi cuerpo se torna rígido, reflejando el miedo que tengo respecto de que esto resulte de la peor manera posible, pese a que es notorio que no es hacia ese final al que apuntas.

—¿Es necesario que lo preguntes? —Inquiero, tratando de mantener la calma. Quisiera que mi mano se moviese, pero estoy demasiado concentrada en tus próximas palabras como para hacerlo.

—Para esto sí. —Agarras mi mano, dándole un leve apretón. Es como si quisieras reafirmar tu seriedad al respecto de lo que está pasando. 

—¿Entiendes la presión que me estás haciendo sentir? —Pregunto con voz temblorosa, pero también impaciente.

—Disculpa, lo diré de una vez. —Te separas de mi hombro para mirarme a los ojos—. Me gustas. Te lo confieso porque siento que, si no lo hago, no podré sostener estos encuentros. Todo sería agridulce para mí, y no quiero eso. Este deseo por ti es real y mi intuición me dice que compartes mis sentimientos, pero necesito tu respuesta, así que, ¿podrías decirme cómo te sientes?

—Estoy enamorada de ti, Aurora. Perdidamente. Desde la primera vez que te vi escurriéndote hacia este jardín.

No vale la pena que me restringa más después de escuchar cómo te has confesado. Experimento por primera vez una sensación de completa libertad sobre lo que siento. Confesarme de vuelta se ha sentido como la liberación de todo lo que se hallaba condensado en mi mente y corazón. He podido ser quien realmente soy y has desarrollado tales sentimientos con base en eso. No podría estar más feliz. Al fin soy capaz de tomar tu mano de vuelta, apretándola para también realzar lo que siento por ti.

—Eso es más de lo que esperaba. —Indicas, pero no en tono incómodo, es más como si te hubieras llevado una sorpresa.

—¿Ha sido demasiado intenso? —Inquiero, sonriéndote.

—Sí, pero no me desagrada en lo absoluto. Es justamente esa intensidad la que me ha cautivad. Pero, debo preguntarte si entiendes lo que implica que esto sea recíproco.

—Para mí significa que puedo tenerte y no dejarte ir. —Aseguro, sosteniendo su mirada.

—Me has quitado las palabras de la boca. —Añades, sonriéndome de vuelta, pero luego la postura de tus labios cambia un poco. —Dime, Vanessa, ¿puedo besarte?

—No podría desear otra cosa.

Nuestro primer beso es, por obvios motivos, un tanto tímido. Pese a que ambas debemos tener imaginarios de cómo ha de ser el besarse, nuestra carencia de técnica nos lleva a un ritmo lento que luego se torna un tanto desordenado. Pero sé que ambas estamos transmitiendo lo que sentimos de la mejor manera que podemos. Eso es todo lo que me importa.

Repetimos tal acto un par de veces, con nuestras manos aún entrelazadas. Poco a poco nos acostumbramos al ritmo de la otra, sincronizándonos mejor. Al detenernos solo sabes sonreír, realizada. Esta vez soy yo quien se apoya en tu hombro para trata de expresarte lo mismo. Guardamos silencio por unos minutos, viendo el trozo de cielo que nos regala el ventanal. Divisamos un par de ramas que se tambalean por el viento. Reflexiono en torno a la fragilidad de la naturaleza y te lo hago saber.

—¿No sientes que las mismas cosas que nos traen dicha son capaces de arribárnosla?

—Es cierto, pero, ¿por qué lo dices ahora?

—Porque siento que mis sentimientos por ti me perforarán si desapareces.

—No permitiré que eso pase. No dejaré que este amor te duela.

— Aurora, sé sincera conmigo, ¿realmente no albergas ningún miedo? El futuro que nos espera está lleno de restricciones.

—Pero no es el único futuro, Vanessa. Siempre habrá otros. La vida condicionada por las normas y las decisiones de otros es solo uno. En mi versión, la libertad siempre estará presente.

—¿Aunque tengas un esposo que te obligue a presentar modales sumisos?

—No hay ley que impida un divorcio. Y no hay ataduras cuando puedes huir por todo el país. Por eso sé que todo estará bien.

Hechas estas declaraciones, te mueves para darme un abrazo. Me hundo en ti, sintiendo tu calor, tus latidos y el dulce olor de tu perfume. Ruego para mis adentros que pueda abrazarte así una y mil veces más. Le pido a la vida que me permita tenerte por mucho tiempo, aunque tu graduación esté solo a un mes de distancia. Nos despedimos tiernamente y caminamos de la mano hasta llegar a mi ventana. Una vez bajo el marco, me acaricias el rostro antes de besarme.

Te digo que no es necesario que esperes a que suba, pero lo haces de todas maneras. Luego extiendes tu mano en busca de la mía. Tras pasar tus dedos con suavidad por los míos, te despides. Expreso que será difícil para mí el esperar otra semana. Asientes respondiendo que para ti también y luego comienzas el rumbo hacia tu habitación.

Sin embargo, dos días antes de que llegue nuestro siguiente encuentro, haces explotar mis sentimientos otra vez. Y es que, en medio de la noche, un golpeteo sucesivo en la ventana me advierte sobre un pensamiento que me parece imposible. Pero no lo es, porque ahí estás, de pie bajo el marco de mi ventana, expectante a que te note.

—Aurora, ¿qué significa esto? —Pronuncio tras abrirte la ventana. Entras con agilidad y te arreglas el vestido antes de responderme.

—Lo siento, no pude resistirme a venir. —Indicas entre que te giras para cerrar la ventana y correr las cortinas—. Sé que estoy haciendo algo estúpido, pero has entrado tanto en mi mente que ya no puedo pensar con claridad ni mucho menos tener paciencia.

Dicho esto, me abrazas con fuerza, repitiéndome cómo no puedes dejar de tenerme en tus pensamientos. Estoy tan encantada, tan intoxicada con tus palabras, que poco es lo que puedo hacer. Opto por abrazarte de vuelta y argumentar que en mi pecho también se ha gestado la impaciencia. No obstante, he de reconocerme y reprocharme a mí misma que jamás cruzó por mi mente el verte antes, menos de semejante manera.

Deshaces el abrazo y me besas, esta vez con intensidad, reflejando un deseo completamente distinto al de nuestro último encuentro. Llevas tus manos hacia mis hombros y bajas por mis brazos, sintiéndome. Tus manos me derriten. Deposito mis propias manos cerca de tu cuello. Tu temperatura me resulta agradable y, en conjunto con el extensivo beso, siento que mi propio calor se eleva.

En una pausa tomas mis manos con las tuyas, luego vuelves a besarme, pero esta vez eres tú quien disuelve el entrelace de nuestros dedos, elevando tus manos hasta dar con mi cuello. Mi cabeza se inclina un tanto hacia atrás como acto reflejo del deleite que me haces sentir, lo que termina interrumpiendo el beso.

No obstante, esto te beneficia. Dejas ir tus manos para poner tus labios sobre mi cuello. Con cada beso que me das mi corazón retumba. Mis manos se deslizan hacia tus hombros, apretándolos a fin de no perderme por completo en tus caricias, pero no tiene el efecto que espero. Tus manos se han movido otra vez, buscando ahora mis senos. Vuelves a besarme cuando has dado con ellos, masajeándolos sin ejercer ninguna presión, pero el pijama es tan delgado y sedoso que acaba por producirme más placer del que quizás esperas.

—Aurora, ¿podríamos ir a la cama? —Te pregunto, rendida ante todo lo que me estás haciendo.

Por mi mente solo circula una cosa. Quiero ser tuya, quiero entregarte todo lo que tengo, todo lo que soy. Quiero que me sigas tomando de esta manera, y que tus manos crucen junto a tus labios todo mi cuerpo. Respondes a mi petición al instante, haciéndome caminar de espaldas hacia la cama. Tras tropezarnos un poco, me recuestas sobre esta como si fuese frágil, luego te sientas a un costado, lo suficientemente cerca como para seguir tocándome.

—Te ves hermosa, incluso en el insípido pijama del internado. —Bromeas. Pero no tengo espacio para bromas en estos momentos.

—Aurora, por favor.

—Lo sé, lo siento, es solo la manera con la que llevo mis propios nervios. —Tu declaración despierta en mí la realidad de que esto es, por supuesto, algo nuevo para ti también. Tu seguridad, aunque real, no puede cubrir una falta de experiencia en este campo.

—Está bien, yo también estoy nerviosa.

—Voy a continuar ahora.

Señalas antes de proceder a desabotonar mi pijama, al quedar con los senos expuestos no puedo evitar mirar hacia un costado, avergonzada. Siento tu risa por esto, y al fijarme en tu rostro por unos segundos, te veo contemplarme con ternura, con una sonrisa transparente. Al volver a masajearme, esta vez de forma directa, mi respiración pasa a convertirse en una sucesión de suspiros. En un tiempo que no puedo identificar, pasas de tocarme a bajar mi pantalón de pijama junto con mi ropa interior.

Estoy desnuda ante ti, en más de un sentido, lo que, por supuesto, me avergüenza y sobrecoge. Pero antes de pasar a tocar mi parte baja me das un abrazo y me besas en un ademán romántico, con una mano sobre mi mejilla. Me dices algo que ya has repetido un par de veces hasta ahora, que te gusto, que me quieres, que deseas consumar tus sentimientos a través de esto. Yo asiento, sin ser capaz de verte por completo, indicando que también me quema por dentro la idea de estar contigo de esta manera.

Cuando tus dedos bajan los suficiente, mi piel se eriza y mi cuerpo se tensa. Escucho tus susurros. Me pides que me relaje y me entregue a ti. Lo hago y entonces ocurre. Una ola acalorada me toma, a la vez que una electricidad recorre toda mi espalda. Te siento dentro de mí, y se me hace imposible separar el calor de tus dedos de mi propio calor. Todo se entremezcla y siento que mi consciencia solo está presente para ti. Puedo sentir que, poco a poco, nos vamos a otro sitio, a uno más allá de lo físico, un lugar donde nuestros sentimientos se combinan hasta formar una nueva forma de amor.

Al moverte, mi respiración pierde el ritmo de suspiros, siendo estos reemplazados por quejidos placenteros. En un punto cierro los ojos para que este acto no me desborde, pero tal acción acaba por aumentar la intensidad de todas las sensaciones que me rodean. Mi espalda arde y mi sudor traspasa con fineza la ropa de cama. Me atrevo a buscarte con la mirada.

Intento llamarte, pero mi boca no es capaz de pronunciar palabra alguna. Extiendo una de mis manos hacia ti, esperando que notes que te necesito más cerca. La sostienes y me sonríes. Entrelazas tus dedos con los míos y continuas. Una vez que el clímax llega hasta mi cuerpo vuelves a abrazarme, acomodándote en la cama. No logro soltarte pese a que necesitas moverte más. Soy capaz de mirarte fijamente y declararte una vez más lo obvio.

—No quiero dejarte ir.

—Yo tampoco. Pero no te preocupes, cuando esta horrenda rutina acabe, ambas seremos libres.

El tono de tu voz refleja firmeza, pero también una emoción que ahora mismo me resulta contradictoria. Suenas esperanzada, como si tu actitud frente al futuro influyera en que este te diese lo que quieres. Yo desearía sentirme así, pero no soy como tú. No puedo estar tranquila pese a que has roto por entero la realidad a la que me estaba doblegando, mostrándome que existen otras opciones respecto de cómo vivir mi vida.

—No creo poder sostener mi voluntad de la misma manera que tú.

—Y está bien que sea así. Tu forma de luchar es mucho más indirecta que la mía, pero eso no la hace menos poderosa. Por eso tienes que esperar por mí mientras batallas en silencio contra este asqueroso sistema.

Tus manos me aprisionan en otro acalorado abrazo, espantando así el remolino de inseguridades que se estaba gestando en mi pecho. Mis brazos llegan hasta tu espalda. Te declaro el mayor miedo que concibo ahora mismo.

—Sin ti siento que, tarde o temprano, perderé la cabeza.

—Juro que iré por ti. Cree en mí.

—Jamás he dudado y jamás dudaré. Te estaré esperando, Aurora, así que encuéntrame pronto.

—No dejaré de buscarte, Vanessa.

En un abrir y cerrar de ojos llega el día de tu graduación. Ese día siento un dolor intenso mientras veo toda la ceremonia. No hemos sido capaces de encontrarnos en el jardín antes de que este momento llegue debido a las clases de reforzamiento que te impusieron en las últimas dos semanas. Todo para demostrar que eres la señorita perfecta, la que Darlenne siempre ha deseado concebir en este infernal internado. Pero yo sé la verdad, sé que provocarás una gran tormenta para cada persona de tu círculo una vez que salgas de este lugar. Eso me calma, llenando mi pecho de un agradable calor. Este no es el final, me has convencido de eso con todas tus fuerzas. Ahora solo me queda creerlo y no renunciar a ti pase lo que pase cuando llegue el día de mi propia graduación.

Pero debo ser honesta contigo, aunque ya no puedas saberlo. Y es que los pasos que di hasta mi habitación tras tu graduación fueron pesados, tanto o más que los que doy ahora entre la ventisca, que me remarca el comienzo de la cuarta primavera sin tu presencia. Sé que no te gustaría verme contando las estaciones, pero no puedo evitarlo. Irónicamente, el tener consciencia del paso del tiempo, me ayuda a reforzar las ansias que tengo por verte otra vez. Sigo aquí, Aurora. Estoy esperando por ti en esta pequeña ciudad, donde he acabado tras casarme.

Año tras año, me he resistido a pedirle al cielo que te traiga hasta mí, después de todo, solo conseguiría desesperarme. Aunque eso no significa que me halle inalterable en esta espera. Tan solo intento no rehuir de la tristeza que me causa nuestro desenlace. Así, he podido reconocer otros sentimientos, como la cálida nostalgia de lo que alguna vez fue un ««nosotras»». Si me vieses en mis momentos más débiles pensarías que he perdido el juicio, ya que a veces el llanto lo interrumpen breves sonrisas. La memoria de tu partida siempre se entremezcla con los dulces encuentros que tuvimos.

Al final, cuando pienso en ti, solo puedo sentir que el dolor va a la par con la dicha. Fuiste mi primer amor, y el único, por eso pensarte se siente tan agridulce, tan deliciosamente punzante. Y estaré feliz de continuar sintiendo esto, porque para mí significa que aún te tengo cerca.

Al llegar al parque tomo asiento en la banca más cercana. La calidez de los faroles en medio del panorama nocturno distrae a mis ojos, que ya me han dado aviso de lo inundados que se encuentran. De seguro te sentirías feliz en un sitio como este, tan vivo y libre.

—Vanessa… ¿Podrías por favor…voltearte…?

Una voz agitada me llama desde un punto que no alcanzo a ver, mas no es necesario que me voltee, porque sé de quién se trata. Conozco por entero ese tono, esa forma tan específica de pronunciar el final de mi nombre.

—¿Al fin he perdido el juicio, Aurora?

—No lo sé, pero en mi mente te veías más feliz por reencontrarnos.

La risa cosquillea entre mis labios. No puedo hacer nada excepto reír. No alcanzo a entender por qué lo hago, si es por el comentario, por la situación o por tu sola presencia. Me giro, con una determinación insulsa, una que me dice que no me agitaré tanto cuando te divise, después de todo he imaginado este escenario cientos de veces. Pero tal cosa no ocurre.

Apenas mi vista te alcanza, las lágrimas se presionan las unas a las otras por salir, explotando hacia mis mejillas tras un sollozo ahogado. Me levanto de golpe, porque necesito tocarte para hacer real tu existencia en este momento, en este lugar, pero caigo de rodillas al suelo.

Mi cuerpo tiembla, y como no, si estás frente a mí, sonriendo mientras recuperas tu aliento. No has cambiado nada. Sigues estando ajena a toda preocupación, siendo capaz de darme un comentario trivial como apertura de nuestro reencuentro.

Siento tus pasos entre la fina gravilla, lentos y ligeros. Tus manos me rodean con tanta calma que me desesperan. La fuerza con la que busco tu abrazo te hace caer. Solo sabes reír ante la ridícula escena que estamos montando. Vale decir que, por supuesto, esto no te importa en absoluto. No obstante, a estas alturas, a mí tampoco me escandaliza. Al contrario, ahora que has regresado, tengo la certeza de que podría cometer cualquier locura sin arrepentirme. Y, en realidad, así será.

Fin

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